25 ene 2009

EL ABUELO

Cuando veo a mi padre “enganchado” durante horas a la televisión, mirando embelesado, programas de España; cada vez que me traslado a su sangre y que siento la ansiedad que él tiene de poder llegar algún día a conocer… a pisar el suelo que su papá caminó cuando pequeño, surge en mi mente un niño de 8 años, tímido, flacucho, con sus pantalones cortos, con tiradores, con un moñito en el cuello, y su pelo castaño, peinado a la gomina, con un jopo majestuoso coronando su cabeza.
Lo imagino allí, subiendo con alegría y a la vez con temor a esa inmensa nave que lo llevará ¡Quien sabe dónde! su manita apretada a la de su mamá, que también tiembla de emoción, de miedo, de dolor. Emoción por la aventura a emprender, miedo por un futuro que se avecina incierto, y dolor por no poder dejar de mirar atrás y sentir en su cara las huellas de las lágrimas que no dejan de caer. Allí se queda parte de su historia… parte de su familia, sus raíces… se va, pero no sabe si podrá volver algún día y todas esas emociones se las transmite al pequeño, que aprieta firmemente su mano, como infundiéndole fuerzas, como pidiéndole ayuda..
Y luego la travesía… el mareo, por el acompasado movimiento del barco, los días y días de solo ver agua y cielo, la novedad de correr por los vericuetos de esa mole, que atraviesa lentamente los mares, las preguntas a cuanto marinero ve por allí, a hurtadillas de su mamá y sus hermanos que tratan de no perderlo de vista.
Y luego ¡Al fin! Tierra, al fin el paraíso prometido, el paraíso que no más bajar se convierte en una máquina de aplastar sueños, algunos ya vienen con un trabajo seguro, pero otros se lanzaron a la aventura y no saben con que se van a encontrar. Él sabe que su hermano mayor que vino mucho antes, ya logró después de ardua lucha encontrar una ubicación en un campo que entre todos van a trabajar. Será un trabajo duro, pero a eso ya están acostumbrados, lo más difícil va a ser dejar de extrañar su tierra, su gente, sus compañeritos de escuela…pero… como todo pasa, así también transcurrieron los años y el niño de ocho años, creció, pasó su etapa de adolescente, se casó, tuvo cinco hijos, tres mujeres y dos varones y nunca, nunca dejó de trabajar y dejó en esta tierra su vida, porque para salvar la cosecha de la langosta, plaga común en esos tiempos, se intoxicó con el veneno con que la combatían fumigando a mano y eso le produjo un cáncer que lo mató siendo aún muy joven.
Claro que detrás de sí dejó la semilla germinando en sus hijos y al menos los más grandes siempre desearon poder regresar a esa tierra que debieron dejar los abuelos, obligados por la miseria, las guerras y todo lo que eso acarreaba consigo. Y yo que soy su nieta tengo el mismo anhelo, siento que la sangre se me enciende cuando escucho música española, los pies danzan alados cuando sus acordes suenan, porque aquí él también plantó la semilla, en mi corazón. Y los hijos de mis hijos harán que un día germine, que un día podamos cumplir el sueño del abuelo, de regresar a sus raíces, de regresar al terruño, a la madre patria.

Por Manuela Rosa “Tati” Grimalt / Granadero Baigorria (Santa Fe)
E-mail: tatipoeta@hotmail.com

A LA MEMORIA DE MI PADRE Y SU FAMILIA

Intento plasmar en estas páginas, historias de vida que recuerdo haber escuchado una y otra vez, cuando era chica, cada vez que se reunía la familia y rememoraban su llegada a América.
En Italia, el estado de guerra y la miseria los hacía pensar en irse lejos a buscar nuevos horizontes.
Mi abuelo paterno enviudó, quedando con un hijo de 2 años. Más tarde contrajo enlace con Marieta, quien lo crió como si fuera suyo, y vinieron los propios.
Muchos murieron, y otros los menos, se criaron y crecieron en aquella lejana Romania, región serrana de Italia que siempre estuvo en los recuerdos de mi papá, quien soñaba con volver a verla alguna vez y no pudo ser.
El primero en arribar a estas tierras fue el mayor de los hermanos, aquel cuya madre había muerto. Se afincó en este lugar por tener primos que trabajaban en el campo.
Como aparentemente las cosas iban bien, se vino mi abuelo, quien realizo cuatro viajes, trayendo en el cuarto a toda su familia.
Es así como en la primavera de 1925 atraca en el puerto de Buenos Aires “La Taormina”, barco de segunda clase, que luego de muchos días de navegación lenta llegó a destino.
La ciudad debe haberles parecido, quien sabe que!..... La cuestión es que bajan del barco enfundados en lana, mientras aquí el calor era abrasador. Su aspecto movía a risa de los porteños que caminaban por esas horas, y más aún cuando, portando inmensos baúles de madero, uno de cada extremo, ocupaban toda la vereda.
En tren llegaron a Berabevú. Aquellos primos lejanos, les prestaron un galpón para vivir debiendo cocinar a la intemperie.
Recuerdo oír hablar a mi abuela, muy bien de aquella mujer que la atendió, la ayudó y cuidó amablemente. Mi abuela no estaba bien, débil, mal alimentada, muchos embarazos, mucho trabajo y el largo viaje no la había dejado bien. Además amamantaba a la más pequeña de dos meses.
Los primeros tiempos fueron muy duros, la miseria, el cambio de vida, el idioma…
Todos se fueron a juntar maíz, hombres, mujeres y niños. Arrastraban pesadas maletas en las que ponían las espigas de maíz que iban descolando a medida que avanzaban por los surcos. Los más chiquitos eran llevados también, solo hacían travesuras y jugaban.
La paga eran escasos centavos por bolsa. No todos los patrones tenían un buen trato con los peones.
Así de sol a sol. Luego de una cena escasa, con cebollas revueltas con huevo o hígado que los carniceros regalaban, en una sartén, de la comían todos, apurados, antes de que retirara la luz del día. Desmayados de sueño y cansancio se iban a dormir.
Creo que no hay palabras que puedan explicar con certeza, el sacrificio y las penurias que vivieron en aquellos primeros años. El nono era el primero en levantarse, de madrugada y sin luz se afeitaba con navaja. Una mañana limpió su navaja con un papel que encontró. Más tarde con el mismo papel envolvían un pedazo de queso y dulce de membrillo que llevaban para comer en el campo.
A la hora de comer, descubrieron el dulce lleno de pelos y con gusto a jabón. Lo limpiaron un poco y lo comieron igual, el hambre se sentía y no había otra cosa.
El trabajo duro los hizo fuertes y aguerridos a pesar de sur aún adolescentes.
De ir a la escuela, ni hablar, había que trabajar para subsistir. Los más grandes fueron a la escuela La Piamontesa (actual Godeken), solo algunos meses, no obstante aprendieron a leer y a escribir. Mezclaban los idiomas y eran objetos de bromas y cargadas de sus compañeros. Les alcanzó para defenderse en la vida. A mi papá le hubiera encantado saber más, ir más tiempo a la escuela, estudiar…
Los más chicos, tuvieron más oportunidad, pero no la aprovecharon demasiado.
Pasaron los días, los meses y los años y la mayor de los hermanos, se empleo como sirvienta. No eras un trabajo muy digno, no la trataban bien, sobre todo los hombres de la casa. Era bastante esclava. Además tenía que soportar las burlas de los jovencitos y jovencitas, que se reían de su ignorancia, de su forma de vestir y de su manera “gringa” de hablar.
De todos modos ella decía haber aprendido mucho de todos para quienes trabajó. También los varones cambiaron de trabajo y consiguieron emplearse en criaderos de cerdos y estancias.
Gracias al empeño de todos, alquilaron una casa, hasta que pudieron hacerse una, precaria pero propia.
Los peones que se ocupaban en las estancias eran de diferentes orígenes. Así se reunían criollos e inmigrantes de diferentes lugares de Europa.
La convivencia daba lugar a las más insólitas situaciones, algunas se tornaban dramáticas y otras muy di vertidas.
En general los “gringos” no confiaban en los negros y viceversa. Sin embargo, entre algunos se crearon lazos de amistad que perduraron en el tiempo.-Dormían todos juntos, por lo que en muchas noches se originaban largas charlas entre los más jóvenes:
* Contaban chistes o se hacían bromas
* Organizaban, para el otro día, alguna carrera cuadrera, con apostadores, por supuesto a escondidas del patrón.
* Se escapaban con el sulky a ver alguna noviecita.
* Contaban historias de aparecidos, luz mala o jinetes que vagaban por los campos o caminos rurales.
Casi siempre terminaban con algún botinazo en la cabeza, que arrojaba algún mayor que dormía.
Mi papá era muy inteligente, observador y se relacionaba fácilmente con todo el mundo, tenía sus picardías, era muy alegre y ocurrente. Aprendió muchísimo, de la gente e hizo muchos amigos, Era muy hábil en entrador y se hizo querer por sus patrones, aún aquellos a quienes se los consideraba los más jodidos. Su ingenio lo llevaba a comprarse la confianza de los demás.
El llevaba en gran parte el timón de la familia ya que el abuelo, con su inclinación al tinto, se embriagaba y tornaba totalmente vulnerable e inofensivo.
De día, éste, hacía la huerta y luego salía vender el fruto de la misma, (verdura, semillas), luego pasaba por el boliche, se jugaba alguna partida, se tomaba sus buenos vinos y volvía a casa tambaleante, cantando interminables canciones en italiano.
Al llegar lo esperaba mi abuela, con reproches y un rosario de palabrotas (en italiano), él se iba a dormir y la dejaba rezongando.
Yo lo amaba, murió, cuando yo tenía 14 años. Tengo tantos recuerdos de mi niñez a su lado, que se me humedecen los ojos al escribir este párrafo.
Hay cientos de anécdotas que podría escribir, pro llevaría mucho tiempo y espacio.
Para finalizar quiero decir que le dieron a esta tierra todo, su esfuerzo, su sudor, sus lágrimas, su trabajo, su vida, Aquí formaron sus familias, progresaron, consiguieron su chacra propia, en fin, este fue su lugar en el mundo y a pesar de que nunca olvidaron su Italia natal, ni cambiaron su nacionalidad, siempre se sintieron argentinos.

Por María Agustina Giulli de Véliz / Berabevú (Santa Fe)

EL INMIGRANTE Y SUS VIVENCIAS

Comienzo describiendo algo de mis ancestros, abuelos inmigrantes padres inmigrantes, tíos y primos inmigrantes.
Contaré mi historia más cercana, la historia de mis mayores que data del siglo XX, mis abuelos paternos italianos de Sicilia eran la Nona Antonia y el Nono Gerónimo. Tenían temor por sus hijos: Gerlando, Francisco, Luis y Salvador porque siempre estaba la amenaza de la guerra y decidieron dejar su patria, su negocio, su bienestar por la seguridad de la familia. Tenían cuatro hijos varones.
Al arribar al país desde el Hotel de Inmigrantes en Buenos Aires, recalaron y se instalaron en Rosario donde tenían muchos paisanos. En un principio vivieron en un conventillo. Como todo extranjero, contaban su Historia. Cuando salían a trabajar, dejaban el brasero encendido con el puchero cociéndose lentamente y entre vecinos del conventillo cuidaban y atendían que no les faltara carbón o leña o líquido en la cacerola si era necesario.
La nona Antonia contaba que amasaba todos los días aunque estuviera a punto de dar a luz otro hijo. Aquí en Rosario tuvieron tres hijos más: Gerónimo, Antonito y Rosa. Al tiempo se fueron a trabajar al campo buscando mejorar su situación. El Nono Gerónimo trabajaba en la chacra de un yugoslavo: Pedro Bercovich. En ese tiempo llegó de Yugoslavia Spira Bercovich, hermana de Pedro, acompañando a María Bladislavich, que venía a Argentina para casarse con Pedro Bercovich.
Spira tenía intención de regresar a su patria después que María y Pedro se casaran, pero conoció a Francisco Tuttolomondo. el hijo de Gerónimo, siciliano que trabajaba también en la chacra de Don Pedro, y Spira no regresó nunca más a su tierra.
Francisco y Spira se casaron, se instalaron en Villa Cañas y allí nació Gerónimo.
Luego se trasladaron a Melincué y allí nacieron Walter, Antonio, Gerlando Helena y Spira. Luego de unos años se trasladaron a Wheelwright, compraron y edificaron frente a la estación de trenes.
Francisco hacía comisiones a Rosario y tenía negocio. Spira colaboraba en todo con su esposo.
En el año 1919 nació Rosita y en el año 1922 nació Antonia Ana, la que cuenta esta historia y suscribe esta nota.
Progresaron mucho con el esfuerzo y trabajo de los dos. Se amaban y la nueva patria le dio los hijos y todo lo hermoso y válido que lograron.
Mi querido papá Francisco y mi querida mamá Spira nos brindaron su amor y sus mejores esmeros.
Solo quedamos tres hermanos: Gerlando de 95 años, Rosita de 89 años y yo, Antonia Ana Tuttolomondo viuda de Jung, de 86 años.
Me casé en 1952 con Aimé Jung. La vida nos llevó treinta años a Buenos Aires. En 1982 nos radicamos en Rosario, mi esposo falleció, me quedaron dos hijos: Gustavo de 48 años y Luis Alberto de 40 Años. Wheelwright, mi pueblo natal, está muy grande y hermoso, tiene de todo. Viajamos muy seguido al pueblo que me vio nacer, no podemos olvidarlo.
Como pienso que tampoco pudieron olvidar alguna vez a sus pueblos de origen mi madre yugoslava y mi padre de Sicilia.
He aquí una parte de una pequeña gran historia de abuelos y padres que llegaron a este país, al que amaron profundamente y nunca dejaron de agradecer lo que habían logrado, con mucho esfuerzo y sacrificio, por cierto, pero paso a paso fueron haciéndose una posición sólida que les aseguró una vida digna y una vejez sin apremios económicos en mi querida Argentina, que abrió sus brazos para todos aquellos que llegaron de tierras extranjeras buscando amparo y amor.

Por Antonia Ana Tuttolomondo viuda de Jung / Rosario (Santa Fe)

HISTORIAS DE INMIGRANTES

INMIGRANTE... Según el diccionario la palabra inmigrante significa llegar a un país para establecerse en él.
...yo agregaría:
• Dejar sueños, para encontrar otros nuevos.
• Dejar amores, para renovarlos.
• Dejar familia, para construir la propia.
• Dejar costumbres, paisajes, tradiciones, para construir nostalgias.
Esta es la historia de Josefa y Juan, italianos de nacimiento, que se enamoraron, formaron una familia y pensaron que la Argentina sería su hogar.
Juan emprendió una larga travesía en barco, con la promesa de que volverían a encontrarse cuando él tenga casa y trabajo en América del Sur. Trabajó muy duro, de sol a sol, labrando la tierra, cada semilla, cada amanecer, cada día que pasaba lo acercaba a su Josefa amada.
Al mismo tiempo Josefa trabajaba en una fábrica de costuras en Italia, añorando el encuentro con el hombre de su vida.
Pasaron diez años, el puerto de Buenos Aires y una gran multitud fueron testigos de un abrazo interminable, comenzaba una nueva vida para ambos, con muchas esperanzas y la ilusión de tener hijos.
Juan se sentía muy feliz por encontrarse con su esposa, pero para Josefa la vida que le tocó llevar en la Argentina fue muy distinta a lo que había soñado.
Para su viaje, Josefa preparó sus mejores vestidos, un baúl lleno de sombreros que solía usar los domingos por la tarde cuando salía con amigos. Nada de todo eso pudo usar, tuvo que trabajar codo a codo con su marido para traer el pan a la mesa.
Los hijos fueron llegando cada año... y aquel baúl, que aún conservaba, con sus largos trajes de paseo y sombreros voluptuosos quedaron en un rincón, como así también sus lágrimas en silencio.
La fortaleza de un gran amor todo lo puede. Seis hijos argentinos, nietos y bisnietos... y una historia que se hizo realidad al cruzar el océano.
Esta historia que les conté, la escuché muchas veces de mi suegra, siempre con una emoción distinta, porque las anécdotas eran todas atrapantes y verídicas, esto sucedió a principios de 1900. En 1912 estaban en una chacra de Bombal y participaron del Grito de Alcorta, desde allí terminaron cerca del Boliche denominado “Santoferrara”, perteneciente a la Colonia Palencia, Paraje 4 Esquinas (San José, Arteaga, Berabevú y Chañar Ladeado).

Por Cecilia Dana de Galmarini / Berabevú (Santa Fe)
(Nieta Política de Josefa y Juan)

HISTORIAS DE PALESTINOS QUE SE RADICARON EN ESTA ZONA

Yo no soy inmigrante, mis padres y mi nueva familia (la de mi esposo), sí lo eran. Entonces voy a tratar de contarles algo de lo que siempre escuché y son historias entrecruzadas.
Los protagonistas son integrantes de las familias: Hadad, Antonio, Abraham, y Farjat, quienes provenían de Palestina, zona ubicada al este del mar Mediterráneo y en permanente conflicto por la posesión de Jerusalén.
Allá la vida era muy difícil y riesgosa, generalmente eran peones de campo, en los cuales se cultivaba: aceitunas, uvas, higos, trigo, lenteja, y se criaban animales de mediano porte. Eran pequeñas extensiones y la producción se utilizaba para el consumo y lo que a veces sobraba, se llevaba para la venta.
El trabajo arduo y la persecución, los llevo a pensar en la inmigración a América, donde ya se habían radicado otros paisanos.
El primero en llegar de los mencionados fue José Juan (mi suegro) en 1906, quien vino casado con Názara Diep. En realidad, en lugar de José Juan tendríamos que hablar de José Hadad, porque este cuando llega al puerto de Buenos Aires, y sin conocer el idioma, al preguntársele por el apellido paterno da el nombre de su padre y le queda registrado como apellido, hasta que sus hijos son mayores y solucionan el problema a través del consulado.
Se radicaron en la Colonia “La Pellegrina” dispuestos a trabajar el campo, porque era lo que él hacia allá con su suegro. Ahí tuvieron tres hijos: Sara, Juan y Jorge. Luego se trasladaron al campo de Galaretto por una mejor oferta. Allí nacieron sus otros hijos: Ramón, Pablo, Lucia, Pedro, Julián, Mario y Marta. Y se quedaron definitivamente. Compraron la propiedad y más tarde otras tierras lindantes pertenecientes a “La Rivieri”. Las instalaciones de ese campo eran muy buenas y las fueron ampliando para vivir siempre en familia.
Los hijos se fueron casando, primero se caso Sara con Farjat, después Lucia con Cecilio Zacnun, luego Pedro con Giacomina Pavarini, mas tarde Jorge con Rosa Antonio (yo), Ramón con Paulina Antonio (mi hermana), después Mario con Elena Tenaglia, Pablo con Sara Samut y por ultimo, Juan con Maria Suart.
Todos vivieron en la casa paterna hasta que decidieron independizarse, contratando los servicios de un agrimensor para que cada uno tuviese su fracción, y cinco de los diez hermanos se quedaron en el campo, construyéndose su propia vivienda.
Tengo buenos recuerdos de la vida familiar, donde había mucho respeto y entendimiento. Con la que más congeniaba era con Giacomina, con la que trabajábamos juntas y hasta llegamos a recolectar maíz, en contra de la voluntad de mi suegra, pero lo hacíamos sabiendo que los chicos siempre necesitaban algo y había que terminar de pagar el campo.
Voy a seguir, contándoles la llegada de Maria Abraham (mi madre) en 1910. Ella llegó sola en un buque de carga, con la intención de encontrarse con sus hermanos, que habían venido en años anteriores escapando de la guerra y se habían radicado en San Gregorio. Al salir de Europa, cuando su padre la vio partir, del disgusto tuvo una descompensación que tres meses después le provocaría la muerte.
Cuando llega al puerto de Buenos Aires se encuentra con que nadie la esperaba, no-tenia dinero, ni conocía el idioma, pero había hecho “buenas migas” con una compañera de viaje, a la que sí esperaban y quien le ofreció que fuera con ella, hasta ver la forma de encontrarse con los hermanos. Durante el viaje, cuando hicieron escala en Brasil, uno de los viajeros decidió quedarse allí para emprender el regreso, porque no se hallaba fuera de su país, entonces ella preocupada por la suerte de su mamá que había quedado sola y con escasos recursos económicos entrega a este hombre que volvía a su patria, sus joyas, para que le sean entregadas a la madre, para ayudarla a palear la crisis. Este señor, nunca regresó a Palestina, quedándose en Brasil y por supuesto, las alhajas, con él.
Al final encontró a sus hermanos, se entero de la muerte de su padre, vivió un tiempo en San Gregorio, hasta que con otro familiar se vino para esta zona, donde había otros paisanos, también venidos de Palestina. Aquí conoció a José Antonio (mi padre. Su apellido allá era Zara, pero nunca lo modificó. Él trabajaba en el campo de José Hadad. Se casaron el 8 de junio de 1913 en la Iglesia de Gödeken, y por civil, aquí en Berabevú, siendo Juez de Paz en ese entonces, Baldelli.
Fueron a vivir en una casita prestada, cerca del boliche de Santo Ferrara. Allí nació Francisca, al poco tiempo se vinieron al pueblo, vivan en una parte de la casa de doña Teresa Marcoliesi de Brog, y al poco tiempo de empezar a trabajar en el ferrocarril, y en un día de lluvia se resbaló de la chata que transportaba a los empleados y perdió un brazo. Después le dieron un trabajo en el campo y el mismo patrón le aconseja se fueran a Rosario donde la vida les sería más fácil. Allí nació Elena, fallecieron dos muy pequeñitos, y luego nacieron Emilia, Antonia, Rosa (yo) y Paulina.
En esa ciudad estaban bien, si bien no era una vida holgada, podíamos ir a la escuela, pero decidieron ir a Colonia Progreso, donde estuvieron diez años haciendo trabajos de campo, de allí fueron a La Francia, entusiasmados porque le ofrecían un mejor pasar, pero era un campo grande, donde estaban como puesteros. Vivíamos en una casita precaria, lejos del pueblo, había que trasladarse en vagoneta. Se trabajaba muchísimo, había que ordeñar las vacas en la madrugada con las yararás siempre rondando, boyerear a los animales (no había alambrados), sembrábamos, pero no venia nada por la extrema sequía, solo un poco de mijo y, a veces, un poco de girasol. Abundaban zorros, perdices y ñandúes. Fue una vida muy sacrificada.
Estando en La Francia, llegaron un día de visita Don José Hadad con su hijo Jorge (eran conocidos de Palestina y amigos por haber trabajado con él en el campo) quienes iban a veranear a Mar Chiquita. Esa visita se repitió al año siguiente, concretándose el noviazgo entre Jorge y yo. En un año nos casamos, pero en ese tiempo, aunque no nos vimos, todos los martes recibía su carta, perfumada, escrita en papel ribeteado en dorado y con una flor. Fue un noviazgo hermoso y un matrimonio muy feliz. Tuvimos cuatro hijos y ahora aunque él no esta (Jorge falleció en 1990) la familia sigue muy unida. Algo que siempre recuerdo fue el pedido que me hizo Jorge cuando se sentía muy enfermo su voluntad fue que quemara todas las cartas que él me mandó y las que yo contesté durante nuestro noviazgo, porque hablaban de nuestra intimidad y no eran para que quedaran dando vueltas cuando nosotros ya no estuviéramos. A mí me dio mucha pena hacerlo, pero comprendí que tenía razón.
Les continuo contando de mi familia actualmente: mi hijo Jorge, casado y con hijos, seguimos viviendo en Berabevú, José, en Rosario, también casado con hijos y nietos, Nélida vive en Cañada del Ucle, también con hijos y nietos y Norma, de igual forma en Corral de Bustos. Para Navidad si Dios quiere nos reuniremos aquí, como es tradicional, todos: hijos, nietos y bisnietos.
Mi pedido a Dios se ha cumplido: “Que ellos no pasen todas las peripecias que pasé yo en mi niñez y juventud”.
Por último voy a contar la historia de Ramón Farjat, que también en cierta forma estuvo relacionada con nuestra familia. Por pura coincidencia viajaron en el mismo buque de carga con mi mamá ese viaje realmente fue una odisea, él era apenas un chico de once años que escapaba del temor a la guerra y de los malos tratos que recibía en la escuela, motivos que justificaban viajar de esa manera: hacinados por días y días exponiéndose a los peligros de cualquier enfermedad con animales, piojos y pulgas. Por fin llegaron, después de parar por todos los puertos, hasta su arribo a Buenos Aires, pero cuando llegan allí cada uno tomo su rumbo, él se vino para Rosario y después estando ya en Rosario, mi papá le ofreció una pieza, hasta que encontrara algo para alquilar, allí trabajaba como pescador, un día mi suegra que era medio tía (medio hermana del padre) lo invito a venir al campo, a Berabevú, aquí conoció a mi cuñada Sara y al poco tiempo se casan y vuelven a Rosario con ella, pero como no se acostumbraba los hermanos mayores los fueron a buscar y les dieron una casita para que viviera en el campo, se rebuscaban haciendo la quinta, criando gallinas y juntando maíz, después como las chicas eran grandes, lo ayudaron los hermanos a comprar una casita en el pueblo y todos empezaron a trabajar hasta que se casaron, hoy están todos bien.
Bueno voy a terminar esta historia entrelazada que podría ser más larga, porque muchos fueron los que llegaron de esa Palestina siempre escenarios de violentas luchas desarrolladas en lo que hoy se llama Cercano Oriente (Asia).
Pienso siempre en la vida sacrificada de esa pobre gente que se vio obligada a dejar su familia y su tierra natal por todo lo que allí padecían, pienso en mi pobre madre, porque toda su vida fue un calvario, Dios la recompense por todo lo que en esta vida padeció.

Por Rosa Antonio de Hadad / Berabevú (Santa Fe)

HISTORIA DE MI BISABUELO

Mi nombre es Diego Bisconti, cuando era niño pasaba largas tardes sentado al lado de este hombre, para escuchar vivencias de su vida, cada palabra que decía era una escena que imaginaba, lo cual no sé porque pero me producía la inquietud de averiguar cada vez más su historia de inmigrante, de saber que estuvo allá, dejó todo lo suyo, cruzó el océano para escribir la vida acá.

Don Nazareno Bisconti nació en el año 1900 en el pueblo de Monte Sanpetrangelli, provincia de Ascoli Piceno, Italia. Creció junto a seis hermanos de los cuales era el menor; su madre falleció al nacer él y fue criado y amamantado por una señora que también tenía hijos pequeños. A los 14 años se empleó en una finca donde se enamoró de Emma, la hija de su patrón que tenía su misma edad, para esa época corría la 1º guerra mundial, donde en varias oportunidades me relató que sus cuñados habían participado de la guerra y algunos habían fallecido. En septiembre de 1922 se casó con Emma, y en noviembre del mismo año se embarcó desde el puerto de Génova hacia Argentina. Él ya tenía un hermano viviendo desde ya varios años en este país. Al llegar a Argentina fue recibido por el mismo, quien lo empleó durante algunos años desempeñándose en tareas largas de sol a sol en la actividad rural, de esa manera se sostenía económicamente. El sacrificio diario hizo que pudiera devolverle favores monetarios a su hermano y poder instalarse en la vecina localidad de San José de la Esquina, donde tuvo tres hijos. En este lapso de tiempo no recuerdo mucho lo que me relataba, pero años más tardes se empleó en el campo de la familia Castelli, ubicado en Arequito, por lo cual siempre se desempeñó en esa actividad. Durante todos estos años mantenían una comunicación escasa por correo con sus familiares lejanos. Puedo contar que las cartas que recibían, que eran una al año, venían escritas en un papel semitransparente y muy liviano, supuestamente por el costo que tenían. Esta comunicación dio fin cuando uno de sus sobrinos, que participó de la 2º guerra mundial, les pidió la posibilidad de poder venir a probar la vida en Argentina y que con trabajo les devolvería el dinero del pasaje. Debido a que su situación económica no era mala pero ajustada, pensó que debía al principio mantenerlo y tal vez pagarle el pasaje de regreso si no le gustaba el país. Por lo tanto decidió aparentar no haber recibido dicha carta y se perdió relación con los suyos allá en Italia. Pasaron los años y adquirió algunas hectáreas de campo que hoy les pertenecen a sus hijos. Siempre se encargó el mismo de realizar tareas como venir al pueblo con el sulky para realizar las compras, llevar la bolsa de harina canjeada por trigo en el molino para la elaboración del pan y cajones de uvas a la espera de la llegada del tren para realizar el vino patero. No quiero perderme en este punto sin antes comentar que su esposa Emma siempre habló el italiano, en cambio él lo fue perdiendo y mezclándolo con el español “castilla”, al relacionarse con diferentes personas de la sociedad.
Puedo decirles que fue un inmigrante muy cerrado en lo suyo, conservador de sus propias ideas, y que parte de su crecimiento económico no se logró por el temor a realizar ciertas inversiones, tal vez puede ser por la miseria que sufrió en aquellos años y el sacrificio duro de toda una vida y el miedo a perderlo todo.
Años más tarde se trasladó al pueblo con su esposa, se jubiló, y en el año 1981 enviudó. Después regresó a vivir al campo junto a Deolindo, uno de sus hijos; en esta etapa de su vida es donde me relataba sus historias de vida, podía verlo trabajando en la quinta muchas horas, también se encargaba del mantenimiento y limpieza del patio de la caza, y todos los viernes a la hora 8 de la mañana iba a la peluquería de Cheche para cortarse el cabello y afeitarse. Los domingos por la mañana encendía su radio únicamente para escuchar la misa. Más allá de todo siempre fue una persona fuerte y saludable, respetaba sus horarios y sus comidas sanas, no tenía excesos. Al cumplir los 100 le prohibieron realizar trabajos en la quinta por temor a que pueda tropezar trabajando. Desde entonces puedo recordarlo sentado bajo el alero de la casa y silencioso. Así fueron sus últimos años, falleció en el 2004 por muerte natural.
Este fue mi relato de quien fuese mi bisabuelo, inmigrante italiano que trabajó estas tierras con sus manos, pensando en volver a Italia algunos años más tarde, después de partir del puerto de Génova, como la mayoría, a hacer la América y regresar.

Anécdotas:
Al cumplir los 20 años tuvo que presentarse al servicio militar para enrolarse en el mismo. Por lo cual tuvo que ir a revisación médica. Estando en la fila de espera pensaba qué podía hacer para engañar al médico militar. Llegó su turno, pasó al consultorio, el médico pidió que se desvistiera y se ausentó unos minutos. Él empezó a correr alrededor de una mesa hasta que el médico regresó. Después de unos exámenes el médico observó que no podía enlistarse en el servicio porque sufría del corazón; según el doctor tenía el corazón acelerado y de acuerdo a la edad no viviría muchos años.

Al decidir venir a Argentina, teniendo en cuenta que regresarían algunos años más tarde, pensaron en dejar sus mejores prendas y pertenencias de valor en Italia, por miedo a perderlas en el viaje.

En un momento de su vida él quería regresar, volver a Italia, pero las grandes tormentas que pasaron durante 19 días de viaje hicieron que su esposa Emma no encarara el regreso por temor a accidentes.

Desde la década del 40 y hasta su muerte usó los anteojos recetados por el Dr. Juan Manino, no conoció un dentista y jamás sufrió de una fractura en los 104 años.

Por Diego Bisconti / Arequito (Santa Fe)
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HISTORIA DE MI ABUELO PENINSULAR

En aquel 1907, Cesar junto a su hermano Giussepe dejó en su Maceratta natal a sus padres y dos hermanos. Quizás por el hecho de vivir cerca de un cuartel militar, le abrumaba la idea de los cinco años del servicio militar en una Italia expansionista que adicionaba territorio en el noreste africano, y de ver uniformados partir pero no volver. Otro motivo de su viaje tal vez fue el hecho de “hacer la América”.
En esa aventura estarían bajo la protección de su tío Giovanni que durante siete años había viajado a la Argentina a hacer la cosecha pues tenía la licencia para operar las “locomóviles” que impulsaba a las primeras trilladoras (maquinista de maquina a vapore como decía nuestro abuelo). Esta vez lo hacía junto a su esposa e hijos para radicarse en la ciudad de Pérez, trabajar en los talleres ferroviarios y hacer la cosecha.
Cesar compartió el trabajo con su tío pero como ayudante, ya sea trayendo agua o acarreando la paja para alimentar a la caldera. Con el correr de los años se encargó del arduo trabajo de arrojar las gavillas en la trilladora.
Años más tarde trabajó en los campos de Boto en Ceres y como anécdota nos contaba de una gran inundación que duró mucho tiempo, de la muerte del hijo del patrón al estrellarse su aeroplano y que junto a él viajaba a Jujuy a comprar mulas para luego exportarla a Somalia.
Se volvió a radicar en las inmediaciones de Cañada de Gómez donde estaban sus parientes. Allí contrajo enlace en 1927 con Rosa Verdichio, y en esa ciudad nacieron sus tres hijos. Vivió en una chacra en la zona sur pero se desempeñó como gallinero (así se llamaba por entonces a quien iba de campo en campo comprando aves de corral, huevos y vendiendo algún que otro producto, como ser comestibles no perecederos, telas, etc. En otras latitudes se los llamaba merca-chifle o buhonero).
De Cañada de Gómez se trasladó a Villa Eloisa donde también siguió con el mismo trabajo, hasta que un amigo de juventud le comunicó que en la zona del Morrito del Monasterio (donde él ya estaba arrendando), un colono había decidido marcharse. Desde 1941 ya fue inquilino en los campos de Pratts hasta que a mediados de la década del 60 estos latifundistas pusieron en venta sus campos con la reforma de las leyes que prohibían al desalojo y la aparición de créditos a largo plazo.
Desde ese momento surgieron una nueva camada de propietarios en la Pampa gringa que se sumaron a los antiguos que surgieron con las colonias agrícolas de fines del Siglo XIX y principio del XX y sobrevivieron a la crisis del 30.
Volviendo a Cesar; próximo a cumplir los 80 años comenzó junto a su amigo Quirino a recorrer los centros turísticos del país; el lugar donde visitó en dos oportunidades fue Mendoza, pues decía que se asemejaba a su tierra natal.
Cuando tenía 86 años pudo cumplir su viejo anhelo de volver a su Macerata a visitar a sus hermanos y primos.
También se cumplió su sueño de llegar a los 90 años con total lucidez; pero 6 meses después realizó su último viaje. Esta vez al más allá.
Era portador al igual que todos los europeos de un “principio” que los hacía libres y progresar: ¡El ahorro y previsión!; pero que el mundo “Capitalista” en pos del consumismo de a poco está tratando de erradicar.

Esto ha sido una síntesis de la historia de vida de mi abuelo CESAR BRAVI, seguramente semejante a las de vuestros ancestros.

Por Sergio Bravi / Cruz Alta (Córdoba)
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