En aquel 1907, Cesar junto a su hermano Giussepe dejó en su Maceratta natal a sus padres y dos hermanos. Quizás por el hecho de vivir cerca de un cuartel militar, le abrumaba la idea de los cinco años del servicio militar en una Italia expansionista que adicionaba territorio en el noreste africano, y de ver uniformados partir pero no volver. Otro motivo de su viaje tal vez fue el hecho de “hacer la América”.
En esa aventura estarían bajo la protección de su tío Giovanni que durante siete años había viajado a la Argentina a hacer la cosecha pues tenía la licencia para operar las “locomóviles” que impulsaba a las primeras trilladoras (maquinista de maquina a vapore como decía nuestro abuelo). Esta vez lo hacía junto a su esposa e hijos para radicarse en la ciudad de Pérez, trabajar en los talleres ferroviarios y hacer la cosecha.
Cesar compartió el trabajo con su tío pero como ayudante, ya sea trayendo agua o acarreando la paja para alimentar a la caldera. Con el correr de los años se encargó del arduo trabajo de arrojar las gavillas en la trilladora.
Años más tarde trabajó en los campos de Boto en Ceres y como anécdota nos contaba de una gran inundación que duró mucho tiempo, de la muerte del hijo del patrón al estrellarse su aeroplano y que junto a él viajaba a Jujuy a comprar mulas para luego exportarla a Somalia.
Se volvió a radicar en las inmediaciones de Cañada de Gómez donde estaban sus parientes. Allí contrajo enlace en 1927 con Rosa Verdichio, y en esa ciudad nacieron sus tres hijos. Vivió en una chacra en la zona sur pero se desempeñó como gallinero (así se llamaba por entonces a quien iba de campo en campo comprando aves de corral, huevos y vendiendo algún que otro producto, como ser comestibles no perecederos, telas, etc. En otras latitudes se los llamaba merca-chifle o buhonero).
De Cañada de Gómez se trasladó a Villa Eloisa donde también siguió con el mismo trabajo, hasta que un amigo de juventud le comunicó que en la zona del Morrito del Monasterio (donde él ya estaba arrendando), un colono había decidido marcharse. Desde 1941 ya fue inquilino en los campos de Pratts hasta que a mediados de la década del 60 estos latifundistas pusieron en venta sus campos con la reforma de las leyes que prohibían al desalojo y la aparición de créditos a largo plazo.
Desde ese momento surgieron una nueva camada de propietarios en la Pampa gringa que se sumaron a los antiguos que surgieron con las colonias agrícolas de fines del Siglo XIX y principio del XX y sobrevivieron a la crisis del 30.
Volviendo a Cesar; próximo a cumplir los 80 años comenzó junto a su amigo Quirino a recorrer los centros turísticos del país; el lugar donde visitó en dos oportunidades fue Mendoza, pues decía que se asemejaba a su tierra natal.
Cuando tenía 86 años pudo cumplir su viejo anhelo de volver a su Macerata a visitar a sus hermanos y primos.
También se cumplió su sueño de llegar a los 90 años con total lucidez; pero 6 meses después realizó su último viaje. Esta vez al más allá.
Era portador al igual que todos los europeos de un “principio” que los hacía libres y progresar: ¡El ahorro y previsión!; pero que el mundo “Capitalista” en pos del consumismo de a poco está tratando de erradicar.
Esto ha sido una síntesis de la historia de vida de mi abuelo CESAR BRAVI, seguramente semejante a las de vuestros ancestros.
Por Sergio Bravi / Cruz Alta (Córdoba)
E-mail: osiris651@hotmail.com
25 ene 2009
UN INMIGRANTE MUY PEQUEÑO
UN INMIGRANTE MUY PEQUEÑO
Yo me llamo Francisco Bacelli, vivo en Berabevú y todos me conocen por Quiquino, tengo 59 años de edad y soy de los últimos inmigrantes que llegamos a este pueblo procedente de Europa.
Lo que les voy a contar, es por lo que me contaron, porque yo tenía sólo 5 meses cuando nos embarcamos: mis padres y yo.
Mi padre, Quinto Bacelli, pertenecía a una familia formada por siete hermanos varones. Vivían en Sierra San Quirico, provincia de Ancona, todos trabajaban en el campo, él se especializaba en el cultivo de la vid. Cuando llega la guerra lo reclutaron y posteriormente lo mandaron a Albania, donde luego pasó a ser prisionero de los alemanes durante dos años, soportando toda clase de miserias humanas que puedan imaginarse, hasta que llega la amnistía y pudo regresar a su casa. Este hecho lo marca, y comienza a pensar en salir de Europa por temor a otros conflictos.
Mi madre: Dina Rongo, vivía en un pueblo vecino: Duomo. Pertenecía a una familia conocida por ellos, eran cinco hermanos, también trabajaban en el campo y en la guerra perdieron dos de esos hermanos.
Mi papá se puso de novio con mi mamá y le manifestó su deseo muy fuerte de venirse a la Argentina, donde ya estaba su hermano Setimio Bacelli, que había sido reclutado y quedó como soldado de reserva por ser el séptimo hijo varón a cargo de sus padres (su padrino era Mussolini, presidente de esa época).
Él ya hacía dos años que había llegado a Berabevú y trabajaba en la estancia Las Mulitas con otros familiares.
Mi mamá se oponía firmemente, no quería venir porque su familia ya había sido muy diezmada por la guerra; como última estrategia para convencerlo, se casaron y quedó embarazada (de mí).
Mi papá no retrocedió en su decisión y le manifestó que si no lo acompañaba, se venía solo. Mi mamá entre llantos (ya eran los últimos meses de embarazo) decide seguirlo, pero contra su voluntad.
En noviembre de 1949 nací yo y empieza la tramitación definitiva del viaje. Había que conseguir el dinero y la documentación, a todo esto se ve que la angustia de mi mamá, me era trasmitida y lloraba permanentemente. A pesar de todo el drama, se hace el viaje, las despedidas en el puerto fueron dramáticas, porque en esa época, con la miseria y el trastorno que ocasionaba el viaje se sabía que era sin regreso, además la incertidumbre de no saber adónde llegaban, sin conocer el idioma, sin especialidad, con apenas segundo grado y solo con deseos de trabajar y vivir en paz.
El viaje duró dos meses y medio en un barco carguero que paraba en todos los puertos. En el transcurso del mismo, una señora abordo se había hecho muy amiga de mi mamá, y quizás comprendiendo su gran pesar se ocupó de atenderme a mí y de conformarla a ella. Por fin dejé de llorar, a mi mamá le bajó otra vez la leche y me pudo alimentar, acompañado por el vaivén del barco comencé a dormir y a normalizarme.
Al fin llegamos a Buenos Aires y en el puerto lo esperaba un primo de mi papá para acompañarnos hasta Rosario, donde nos quedamos dos días para luego tomar el tren que nos trajo a Berabevú, nuestro destino definitivo.
Entre las anécdotas que más me contaron fue la llegada del tren a la estación donde todos los parientes nos esperaban, para recibir noticias de los familiares que quedaban en Italia y para brindarnos su mejor acogida.
Nos dirigimos a una casa que nos facilitó mi tío y allí estuvimos un año mientras mis padres hacían trabajos de campo (juntar maíz) para reunir dinero e iniciar una fábrica de tejidos de lana (pullóveres, camperas). Mi mamá tenía experiencia en esa actividad y mi papá cuando pudo comprar la máquina hizo su capacitación en Rosario. Fue una de las primeras fábricas de la zona, tejían los dos y contrataban costureras para armar las piezas.
Con el trabajo, mi mamá se fue habituando, hizo amistades con su clientela de la zona, pero nunca perdieron contacto con ambas familias de Italia, mantenían correspondencia bimestralmente.
Cuatro años más tarde nació mi hermana Ana Maria y yo empecé a ir a la escuela primaria, con las dificultades propias del idioma (en mi casa se hablaba en el dialecto marquegiano) que me traía problemas con la escritura y el armado de las frases, pero conté con el apoyo de algunas maestras que por la tarde me llevaban a su casa y me ayudaban a superar los problemas. Así terminé mis estudios primarios y secundarios aquí en Berabevú, para después continuar agronomía en la ciudad de Córdoba, donde pude recibirme de Ingeniero Agrónomo.
Cuando la fábrica de tejidos comenzó a ser superada por la industrialización en serie, mi papá se dedicó a la fabricación de parideras para cerdos, aguadas, palos de cemento para alambrados, parrilleros con cemento moldeado.
Económicamente las cosas le iban bien y decide a los treinta años de su llegada a la Argentina, hacer un viaje a Europa para reencontrarse con sus familiares y amigos. Mi mamá volvió a repetir la escena de la partida y se negaba a hacer el viaje hasta que mi papá la convenció y partieron.
Ese viaje fue muy importante porque pudieron hacer un balance de sus vidas y comprender que su vida estaba aquí, y que estaban más que agradecidos de lo que aquí habían encontrado. Mi mamá manifestó que no iba a volver más a Italia, porque ya sus padres no estaban y sus hermanos ya habían hecho su vida, en cambio mi papá se encontró con todos sus hermanos, sus amistades y a los ocho años repitió su viaje y se dio cuenta que su vida estaba repartida por los afectos entre Italia y la Argentina.
Mi tío Setimio, también pudo viajar a Italia, es el único hermano que ahora vive, y también decidió terminar su vida aquí. Yo pude viajar cuatro veces y comprobar todas las cosas que había escuchado tantas veces de mis padres.
Yo conocía a todos los familiares por miles de fotos que estaban aquí y allá. La sorpresa que tuve en mi primer viaje, que hice solo, fue por el gran recibimiento que me hicieron, como si hubiéramos estado siempre en contacto, allí comprendí que era realmente un más de la familia y que los lazos de la sangre permanecen intactos.
El segundo viaje lo hice con mi esposa y el regalo más grande que recibí fue la fiesta de casamiento (que ya había sido aquí) donde nos encontramos toda la familia, diseminada por toda Italia y viví momentos inolvidables.
El balance que puedo hacer es que a pesar de los lazos de sangre, de las atenciones y el afecto que recibo, de las bellezas de Italia, mi vida está en Berabevú, en este país en el cual no nací, pero donde se desarrollo toda mi vida y he encontrado profundos lazos afectivos y buenas amistades.
Olvidé en el final de esta historia, que mi papá falleció y como era su deseo está sepultado aquí; mi mamá vive, pero a causa de la diabetes hace años que viene superando distintos problemas que empezaron con ceguera y ahora la tiene permanentemente postrada y con pérdida de conocimiento; siempre se caracterizó por su gran fe a la Virgen, aunque no veía, siempre conseguía a alguien que la acompañara a la Misa Dominical y su flor diaria para la Virgen del Lujan de la estación del ferrocarril no faltó mientras pudo caminar.
Se ve que el dolor la transformó en una mujer muy conformista que aceptó la vida como se fue presentando, y en esa vida se le presentó un hecho muy llamativo: el buque que los trajo a la Argentina se llamaba San Jorge, Ana María nace un 23 de Abril, día que la Iglesia conmemora la festividad de San Jorge, que para mayor coincidencia, San Jorge es el Santo Patrono de Berabevú…
Por Francisco Bacelli / Berabevú (Santa Fe)
Yo me llamo Francisco Bacelli, vivo en Berabevú y todos me conocen por Quiquino, tengo 59 años de edad y soy de los últimos inmigrantes que llegamos a este pueblo procedente de Europa.
Lo que les voy a contar, es por lo que me contaron, porque yo tenía sólo 5 meses cuando nos embarcamos: mis padres y yo.
Mi padre, Quinto Bacelli, pertenecía a una familia formada por siete hermanos varones. Vivían en Sierra San Quirico, provincia de Ancona, todos trabajaban en el campo, él se especializaba en el cultivo de la vid. Cuando llega la guerra lo reclutaron y posteriormente lo mandaron a Albania, donde luego pasó a ser prisionero de los alemanes durante dos años, soportando toda clase de miserias humanas que puedan imaginarse, hasta que llega la amnistía y pudo regresar a su casa. Este hecho lo marca, y comienza a pensar en salir de Europa por temor a otros conflictos.
Mi madre: Dina Rongo, vivía en un pueblo vecino: Duomo. Pertenecía a una familia conocida por ellos, eran cinco hermanos, también trabajaban en el campo y en la guerra perdieron dos de esos hermanos.
Mi papá se puso de novio con mi mamá y le manifestó su deseo muy fuerte de venirse a la Argentina, donde ya estaba su hermano Setimio Bacelli, que había sido reclutado y quedó como soldado de reserva por ser el séptimo hijo varón a cargo de sus padres (su padrino era Mussolini, presidente de esa época).
Él ya hacía dos años que había llegado a Berabevú y trabajaba en la estancia Las Mulitas con otros familiares.
Mi mamá se oponía firmemente, no quería venir porque su familia ya había sido muy diezmada por la guerra; como última estrategia para convencerlo, se casaron y quedó embarazada (de mí).
Mi papá no retrocedió en su decisión y le manifestó que si no lo acompañaba, se venía solo. Mi mamá entre llantos (ya eran los últimos meses de embarazo) decide seguirlo, pero contra su voluntad.
En noviembre de 1949 nací yo y empieza la tramitación definitiva del viaje. Había que conseguir el dinero y la documentación, a todo esto se ve que la angustia de mi mamá, me era trasmitida y lloraba permanentemente. A pesar de todo el drama, se hace el viaje, las despedidas en el puerto fueron dramáticas, porque en esa época, con la miseria y el trastorno que ocasionaba el viaje se sabía que era sin regreso, además la incertidumbre de no saber adónde llegaban, sin conocer el idioma, sin especialidad, con apenas segundo grado y solo con deseos de trabajar y vivir en paz.
El viaje duró dos meses y medio en un barco carguero que paraba en todos los puertos. En el transcurso del mismo, una señora abordo se había hecho muy amiga de mi mamá, y quizás comprendiendo su gran pesar se ocupó de atenderme a mí y de conformarla a ella. Por fin dejé de llorar, a mi mamá le bajó otra vez la leche y me pudo alimentar, acompañado por el vaivén del barco comencé a dormir y a normalizarme.
Al fin llegamos a Buenos Aires y en el puerto lo esperaba un primo de mi papá para acompañarnos hasta Rosario, donde nos quedamos dos días para luego tomar el tren que nos trajo a Berabevú, nuestro destino definitivo.
Entre las anécdotas que más me contaron fue la llegada del tren a la estación donde todos los parientes nos esperaban, para recibir noticias de los familiares que quedaban en Italia y para brindarnos su mejor acogida.
Nos dirigimos a una casa que nos facilitó mi tío y allí estuvimos un año mientras mis padres hacían trabajos de campo (juntar maíz) para reunir dinero e iniciar una fábrica de tejidos de lana (pullóveres, camperas). Mi mamá tenía experiencia en esa actividad y mi papá cuando pudo comprar la máquina hizo su capacitación en Rosario. Fue una de las primeras fábricas de la zona, tejían los dos y contrataban costureras para armar las piezas.
Con el trabajo, mi mamá se fue habituando, hizo amistades con su clientela de la zona, pero nunca perdieron contacto con ambas familias de Italia, mantenían correspondencia bimestralmente.
Cuatro años más tarde nació mi hermana Ana Maria y yo empecé a ir a la escuela primaria, con las dificultades propias del idioma (en mi casa se hablaba en el dialecto marquegiano) que me traía problemas con la escritura y el armado de las frases, pero conté con el apoyo de algunas maestras que por la tarde me llevaban a su casa y me ayudaban a superar los problemas. Así terminé mis estudios primarios y secundarios aquí en Berabevú, para después continuar agronomía en la ciudad de Córdoba, donde pude recibirme de Ingeniero Agrónomo.
Cuando la fábrica de tejidos comenzó a ser superada por la industrialización en serie, mi papá se dedicó a la fabricación de parideras para cerdos, aguadas, palos de cemento para alambrados, parrilleros con cemento moldeado.
Económicamente las cosas le iban bien y decide a los treinta años de su llegada a la Argentina, hacer un viaje a Europa para reencontrarse con sus familiares y amigos. Mi mamá volvió a repetir la escena de la partida y se negaba a hacer el viaje hasta que mi papá la convenció y partieron.
Ese viaje fue muy importante porque pudieron hacer un balance de sus vidas y comprender que su vida estaba aquí, y que estaban más que agradecidos de lo que aquí habían encontrado. Mi mamá manifestó que no iba a volver más a Italia, porque ya sus padres no estaban y sus hermanos ya habían hecho su vida, en cambio mi papá se encontró con todos sus hermanos, sus amistades y a los ocho años repitió su viaje y se dio cuenta que su vida estaba repartida por los afectos entre Italia y la Argentina.
Mi tío Setimio, también pudo viajar a Italia, es el único hermano que ahora vive, y también decidió terminar su vida aquí. Yo pude viajar cuatro veces y comprobar todas las cosas que había escuchado tantas veces de mis padres.
Yo conocía a todos los familiares por miles de fotos que estaban aquí y allá. La sorpresa que tuve en mi primer viaje, que hice solo, fue por el gran recibimiento que me hicieron, como si hubiéramos estado siempre en contacto, allí comprendí que era realmente un más de la familia y que los lazos de la sangre permanecen intactos.
El segundo viaje lo hice con mi esposa y el regalo más grande que recibí fue la fiesta de casamiento (que ya había sido aquí) donde nos encontramos toda la familia, diseminada por toda Italia y viví momentos inolvidables.
El balance que puedo hacer es que a pesar de los lazos de sangre, de las atenciones y el afecto que recibo, de las bellezas de Italia, mi vida está en Berabevú, en este país en el cual no nací, pero donde se desarrollo toda mi vida y he encontrado profundos lazos afectivos y buenas amistades.
Olvidé en el final de esta historia, que mi papá falleció y como era su deseo está sepultado aquí; mi mamá vive, pero a causa de la diabetes hace años que viene superando distintos problemas que empezaron con ceguera y ahora la tiene permanentemente postrada y con pérdida de conocimiento; siempre se caracterizó por su gran fe a la Virgen, aunque no veía, siempre conseguía a alguien que la acompañara a la Misa Dominical y su flor diaria para la Virgen del Lujan de la estación del ferrocarril no faltó mientras pudo caminar.
Se ve que el dolor la transformó en una mujer muy conformista que aceptó la vida como se fue presentando, y en esa vida se le presentó un hecho muy llamativo: el buque que los trajo a la Argentina se llamaba San Jorge, Ana María nace un 23 de Abril, día que la Iglesia conmemora la festividad de San Jorge, que para mayor coincidencia, San Jorge es el Santo Patrono de Berabevú…
Por Francisco Bacelli / Berabevú (Santa Fe)
TULLIO AGENO. UNA HISTORIA ENTRE TANTAS...
Cuando era pequeña, no me daba cuenta de tener un apellido italiano, ni siquiera pensaba en mis orígenes. Solamente sabía que mi papá había nacido en Italia y que allá tenía una abuela y dos tíos. A mi abuelo no lo conocí porque murió antes que yo naciera.
Mi papá, Tullio Ageno, no contaba demasiado sobre su familia, quizás porque para él era doloroso recordar, quizás porque yo no preguntaba… Ahora lamento tanto no haberlo hecho, hay tantas cosas que quisiera saber… Pero sí recuerdo que a menudo hablaba de las bellezas de su querida Riviera; nombraba a Portofino, Camogli, Santa Margherita Ligure y otros lugares que frecuentaba cuando vivía en Italia.
Nació en Recco, provincia de Genova, el 26 de octubre de 1908. Tenía dos hermanos menores: Caterina y Giuseppe.
La historia comenzó en 1891 cuando su tío abuelo Pasquale Aste, emigró a Argentina. No sé si podría decir a “hacer la América”, ya que pertenecía a una familia que poseía astilleros en Recco y no tenía problemas económicos. Quizás fue el espíritu aventurero lo que lo impulsó a venir. Llegó a San Justo (Santa Fe) e inmediatamente instaló un negocio de “ramos generales”, “Aste, Delcanto y Cía”, comúnmente llamado “El Corralón”.
Algunos años después, mi abuelo Emanuele decidió emigrar para mejorar su situación económica y comenzó a trabajar en “El Corralón”. Dejó en Italia a su mujer y a sus tres hijos pequeños; mi papá tenía cinco años. Probablemente su intención, una vez “hecha la América” y haber hecho un poco de fortuna, era regresar a Italia o traer a su familia a San Justo. Pero a la América no la hizo nunca y mi abuela no vino jamás, quizás porque no tuvo el coraje para afrontar un desafío semejante o por la falta del dinero necesario para pagar el viaje… Esto nunca lo supe con certeza.
De lo que sí estoy segura, después de haber leído sus cartas, es que la vida para ella fue muy difícil y triste, con tres hijos pequeños, poco dinero, la guerra… Estas cartas, junto al pasaporte, los boletos de embarque, los boletines de la escuela, algunas fotos y otros recuerdos habían sido celosamente guardados dentro de una caja en un cajón de la cómoda. Las encontramos con mi hermana después que nuestro papá falleció, en 1986.
El abuelo, no queriendo o no pudiendo regresar, quizás para no admitir su propio fracaso, buscó otra mujer y se quedó en San Justo hasta su muerte, en el año 1946. Mi tía se enteró de ello por unos parientes, pero la abuela nunca lo supo. Su pensamiento fue siempre para su marido y luego para su hijo, que a los 16 años decidió también venir a San Justo.
Mi papá siempre contaba que mientras concurría a tercer año de la escuela secundaria, tuvo una discusión con su maestra, cuando regresó a su casa le dijo a su mamá que se iría a América…
Y así fue que partió el 31 de enero de 1924 en el vapor “Príncipe de Udine”. El primer día de viaje le tocó comer en una mesa con una familia. Como comían todos de la misma fuente y era un extraño no lo dejaron comer, entonces se fue a la panadería. Allí le dieron unos panes, luego el capitán habló con los marineros y no tuvo más problemas. Como la mayoría de los inmigrantes viajaba en tercera clase, en los camarotes dormían 50 personas, amontonados y con malos olores. Llegó al puerto de Buenos Aires el 19 de febrero, después de casi veinte días de viaje. Allí estaba su papá esperándolo, de quien no se acordaba mucho. Después lo llevó a Crespo donde había una sucursal del Corralón y comenzó a trabajar.
En 1927, regresó a Italia en el piróscafo “Duca d’Aosta” para hacer el servicio militar y permaneció allí hasta fines de 1930. En aquellos años, en Italia la situación era difícil y también por temor a una eventual guerra, de la cual ya se escuchaban rumores, decidió regresar definitivamente a San Justo. Él ya había vivido la Primera Guerra Mundial. Estaba en primer grado de la escuela primaria en Padova, en la casa de una tía. Su papá ya estaba en Argentina y a su mamá la habían operado. Con la voz entrecortada contaba que se iban a dormir vestidos y con los zapatos puestos y cómo corrían a los sótanos cuando escuchaban los aviones que venían a bombardear (Padova estaba a pocos kilómetros del frente de guerra).
En 1931, regresó en el piróscafo francés “Campana” y continuó trabajando en el “Corralón”. En 1938 se casó con mi mamá: María Aurora González, argentina (hija de uruguayos). Y en ese mismo año dejó de trabajar en “El Corralón”. Comenzó a encuadernar libros y a fabricar bolsitas de papel, oficio que había aprendido en su tierra natal. Tiempo después instaló una imprenta y continuó con ese trabajo hasta que se jubiló.
Lamentablemente, el dinero nunca fue suficiente para permitirle viajar a Italia y reencontrarse con su madre y sus hermanos. Finalmente, y después de casi 60 años logró retornar. La abuela María estaba todavía viva, pero tenía más de noventa años. Era como si estuviese esperando volver a verlo antes de morir…
Y así fue como nuestra familia fue desmembrada, y a veces me pregunto si valió la pena; habiendo causado esta separación tanto sufrimiento y tanto dolor.
Por Graciela Ageno / San Justo (Santa Fe)
E-mail: gracielaageno@hotmail.com
Mi papá, Tullio Ageno, no contaba demasiado sobre su familia, quizás porque para él era doloroso recordar, quizás porque yo no preguntaba… Ahora lamento tanto no haberlo hecho, hay tantas cosas que quisiera saber… Pero sí recuerdo que a menudo hablaba de las bellezas de su querida Riviera; nombraba a Portofino, Camogli, Santa Margherita Ligure y otros lugares que frecuentaba cuando vivía en Italia.
Nació en Recco, provincia de Genova, el 26 de octubre de 1908. Tenía dos hermanos menores: Caterina y Giuseppe.
La historia comenzó en 1891 cuando su tío abuelo Pasquale Aste, emigró a Argentina. No sé si podría decir a “hacer la América”, ya que pertenecía a una familia que poseía astilleros en Recco y no tenía problemas económicos. Quizás fue el espíritu aventurero lo que lo impulsó a venir. Llegó a San Justo (Santa Fe) e inmediatamente instaló un negocio de “ramos generales”, “Aste, Delcanto y Cía”, comúnmente llamado “El Corralón”.
Algunos años después, mi abuelo Emanuele decidió emigrar para mejorar su situación económica y comenzó a trabajar en “El Corralón”. Dejó en Italia a su mujer y a sus tres hijos pequeños; mi papá tenía cinco años. Probablemente su intención, una vez “hecha la América” y haber hecho un poco de fortuna, era regresar a Italia o traer a su familia a San Justo. Pero a la América no la hizo nunca y mi abuela no vino jamás, quizás porque no tuvo el coraje para afrontar un desafío semejante o por la falta del dinero necesario para pagar el viaje… Esto nunca lo supe con certeza.
De lo que sí estoy segura, después de haber leído sus cartas, es que la vida para ella fue muy difícil y triste, con tres hijos pequeños, poco dinero, la guerra… Estas cartas, junto al pasaporte, los boletos de embarque, los boletines de la escuela, algunas fotos y otros recuerdos habían sido celosamente guardados dentro de una caja en un cajón de la cómoda. Las encontramos con mi hermana después que nuestro papá falleció, en 1986.
El abuelo, no queriendo o no pudiendo regresar, quizás para no admitir su propio fracaso, buscó otra mujer y se quedó en San Justo hasta su muerte, en el año 1946. Mi tía se enteró de ello por unos parientes, pero la abuela nunca lo supo. Su pensamiento fue siempre para su marido y luego para su hijo, que a los 16 años decidió también venir a San Justo.
Mi papá siempre contaba que mientras concurría a tercer año de la escuela secundaria, tuvo una discusión con su maestra, cuando regresó a su casa le dijo a su mamá que se iría a América…
Y así fue que partió el 31 de enero de 1924 en el vapor “Príncipe de Udine”. El primer día de viaje le tocó comer en una mesa con una familia. Como comían todos de la misma fuente y era un extraño no lo dejaron comer, entonces se fue a la panadería. Allí le dieron unos panes, luego el capitán habló con los marineros y no tuvo más problemas. Como la mayoría de los inmigrantes viajaba en tercera clase, en los camarotes dormían 50 personas, amontonados y con malos olores. Llegó al puerto de Buenos Aires el 19 de febrero, después de casi veinte días de viaje. Allí estaba su papá esperándolo, de quien no se acordaba mucho. Después lo llevó a Crespo donde había una sucursal del Corralón y comenzó a trabajar.
En 1927, regresó a Italia en el piróscafo “Duca d’Aosta” para hacer el servicio militar y permaneció allí hasta fines de 1930. En aquellos años, en Italia la situación era difícil y también por temor a una eventual guerra, de la cual ya se escuchaban rumores, decidió regresar definitivamente a San Justo. Él ya había vivido la Primera Guerra Mundial. Estaba en primer grado de la escuela primaria en Padova, en la casa de una tía. Su papá ya estaba en Argentina y a su mamá la habían operado. Con la voz entrecortada contaba que se iban a dormir vestidos y con los zapatos puestos y cómo corrían a los sótanos cuando escuchaban los aviones que venían a bombardear (Padova estaba a pocos kilómetros del frente de guerra).
En 1931, regresó en el piróscafo francés “Campana” y continuó trabajando en el “Corralón”. En 1938 se casó con mi mamá: María Aurora González, argentina (hija de uruguayos). Y en ese mismo año dejó de trabajar en “El Corralón”. Comenzó a encuadernar libros y a fabricar bolsitas de papel, oficio que había aprendido en su tierra natal. Tiempo después instaló una imprenta y continuó con ese trabajo hasta que se jubiló.
Lamentablemente, el dinero nunca fue suficiente para permitirle viajar a Italia y reencontrarse con su madre y sus hermanos. Finalmente, y después de casi 60 años logró retornar. La abuela María estaba todavía viva, pero tenía más de noventa años. Era como si estuviese esperando volver a verlo antes de morir…
Y así fue como nuestra familia fue desmembrada, y a veces me pregunto si valió la pena; habiendo causado esta separación tanto sufrimiento y tanto dolor.
Por Graciela Ageno / San Justo (Santa Fe)
E-mail: gracielaageno@hotmail.com
6 ene 2009
VIDA COTIDIANA Y TRABAJO DE UNA FAMILIA INMIGRANTE ESPAÑOLA EN EL MEDIO ECONÓMICO CASILDENSE

Francisco Ascensión Villanueva García nacido el 18 de mayo de 1882, en Calzada de Valdunciel, Salamanca, España, inmigró a la Argentina en el año 1921 con 39 años de edad. Según lo analizado, este señor Francisco se dirigió a nuestro país con su hermano Manuel Villanueva de 49 años de edad y su hijo mayor José Isidro Villanueva de 14 años de edad; éste último, nacido como su madre Mercedes Martina Calvo Pablos de Villanueva García y sus cinco hermanas en Forfoleda, Salamanca, España.
En el año 1921, más específicamente el 20 de marzo, Francisco, José y Manuel Villanueva suben al barco “Arlanza” y viajan rumbo a Argentina, donde en el puerto de Bs. As. los espera un tal Vasco Ruiz. Revisando y analizando los prontuarios alojados en el archivo de la Jefatura Policial del Departamento Caseros, más claramente el de José Isidro Villanueva, no se encuentra ninguna ficha que demuestre que ellos llegaron en dicho barco y en dicho año.
Este ítem el cual es de gran importancia, se puede relacionar con lo expresado por Héctor Villanueva: …” un hermano de mi papá lo trajo escondido en la bodega de un barco, y por medio de unos amigos lo hicieron salir como fallecido. Entonces nunca más pudo regresar a España porque era un desertor”…
Preguntando a los entrevistados si saben las causas de porqué vinieron, suponen porque no tenían dinero… “vinieron hacer la plata acá porque se dice que acá se hace la plata con la pala”.
Después de dos años, en 1923, llegan a la Argentina la esposa de Francisco y sus cinco hijas. Ya aquí se van de Corral de Bustos y se trasladan hasta Casilda, distrito Desmochado Afuera, un campo que estaba a la ladera del río Carcarañá, y alquilan unas parcelas de tierra ya que la familia se había agrandado. También éstas son del señor vasco Ruiz o Martínez.
Preguntándole a Mariano Villanueva acerca de su infancia (alrededor de los años 1930/1935) y su relación con la familia y el trabajo ya establecidos en Casilda, responde como algo sustancial a tener en cuenta que de chiquito se jugaba y de grande se trabajaba. Recuerda que nació a la ladera del río Carcaraña y que su casa era chica. Vivían todos amontonados en dos piezas que había en la cocina, y las paredes estaban revocadas con barro y paja por dentro. Alrededor de ésta no había nada, solo plantas salvajes. Se acuerda también que su padre era maestro de una escuela de Firmat y que se iba caminando hasta ella.
Además comenta que cuando tenía 18 años y empezó el servicio militar fue cuando comenzó a ir a la ciudad. Se llegaba a ésta en sulqui o caballo, para ir a misa, a buscar mercadería dos veces por semana y a llevar y vender cereal.
Estos arrendatarios se insertan en el medio económico local realizando las labores agrícolas tradicionales, es decir, siembra y cosecha de cereales para luego comercializarlos con las casas cerealistas de la zona.
Si bien el campo era una unidad productiva trabajada por los integrantes de la familia; en tiempo de cosecha se buscaba gente de afuera, del pueblo, de Casilda, para los trabajos en el campo. Iba gente con las máquinas ya que los Villanueva no tenían maquinarias propias; “…iban 4 o 5 arriba de la parva y uno que cortaba si era con el hilo y otro que desparramaba”.
A esta gente les pagaba el propietario de la máquina, y el único trabajo que debían hacer era trillar. Si demoraban algunos días, ellos descansaban en carpas; si en un día se trillaba todo, iban hacia otro campo y así sucesivamente.
Las mujeres hacían trabajo de campo: sacaban bolsas y juntaban maíz, hacían pan casero, masitas caseras, criaban pollos, arrancaban y sembraban papas, juntaban y plantaban camotes. Estas actividades se compartían con los hombres.
Las mujeres eran “conchabadas”, refiriéndonos con esto en un sentido actual, al trabajo de una empleada, como una sirvienta, por llamarlo de alguna manera.
Por otro lado las mujeres también hacían actividades como tejer, coser, remendar, lavar la ropa a mano.
Por Romina Zanetti / Casilda (Santa Fe)
E-mail: pitu_rsz@hotmail.com
BREVE HISTORIA DE UNA PAREJA DE INMIGRANTES ITALIANOS

Giuseppe, José o Don José, como fue llamado mas tarde, casado con Sesta, Sestina o Doña Sexta, en fechas distintas debieron dejar a sus padres, hermanos demás familiares, amigos y a su querida tierra europea para emigrar a América.
El padre de José en un momento dado, le dijo que debía partir a la Argentina para probar un futuro mejor. Además los alimentos que producían en su pequeño terruño ya no alcanzaban para alimentar una familia cercana a las 10 personas. Posteriormente, varias de ellas también emigraron.
Con apenas 17 años, José partió hacia Buenos Aires, a mediados de la primera década de 1900, donde, al llegar, ingresó al “Hotel de Inmigrantes”.
Su primer trabajo fue en el puerto, pero como él estaba acostumbrado a trabajar la tierra desde chico, decidió tomar rumbo hacia el campo y se dirigió al centro del país.
Se hizo ducho en el manejo de las pesadas máquinas trilladoras de la época. Aquellas con enormes motores a vapor que impulsaban los equipos para la trilla de numerosas parvas de trigo y lino.
A medida que iba ganando un dinero, enviaba parte de sus ganancias a sus padres y hermanas para aliviar su situación económica.
Decidió afincarse en la zona recorrida, eligiendo el centro sur del Dpto. Marcos Juárez, donde alquiló una pequeña chacra.
Tuvo que luchar como todos, contra las inclemencias del tiempo y las nubes de las voraces langostas. Pero, a pesar de todas las adversidades, salió adelante y con otra parte de sus ahorros pudo volver a Italia, para visitar a su familia.
La casa de sus padres estaba en un pueblito vecino a Macerata, pero él se dirigió primero a Torino para comprar un auto FIAT 0 Km., modelo 1927, y así darles la sorpresa de llegar al pueblo manejando el nuevo vehículo. Ellos no dudarían entonces, de que realmente había comenzado a progresar como lo habían soñado miles de inmigrantes que salieron de Europa en esa época. El Fiat fue la admiración de sus padres y hermanos a quienes paseó por todo el pueblo.
No tardó en decidir la vuelta a su chacra donde lo esperaba su socio, pero antes de salir de Génova, embarca su “joya”: su nuevo Fiat de Torino.
Mientras tanto, en el penúltimo viaje del Principessa Mafalda, llegó de Italia una ragazza, Sesta, con menos de 20 años. Era de San Giusto, también zona de Macerata. Aquí se conoció con José, y luego de un corto noviazgo, se casaron. En el transcurso de sólo cuatro años, llegaron tres hijos, cuyas fotografías fueron enviadas a Italia con orgullo, para compartir la alegría con todos los familiares y amigos.
Como la mayoría de los inmigrantes, su joven esposa conocía lo que era trabajar el campo y atender la casa, por lo que lo acompañó muy de cerca en esos primeros años que fueron los más duros y difíciles de su vida, afrontando una larga crisis mundial desde 1929
Doña Sexta siempre contaba que durante su travesía con el “Mafalda”, más de una vez la nave debió detenerse en altamar o en algún puerto para ser reparada, produciendo el lógico temor en el pasaje. No tardó en ocurrir lo temido, el hundimiento del barco en el siguiente viaje, yendo al fondo del mar con mucha gente.
Mientras los hijos crecían, 5 en total, debían cumplir con la escuela de la pequeña localidad vecina y en la chacra también cumplían con las tareas que sus padres les enseñaban a realizar. De esta manera, todos colaboraban en mayor o menor medida, de acuerdo a su edad.
Además de asegurar los estudios primarios de los hijos, sus padres no descuidaron la posibilidad de que alguno de ellos continuara con estudios superiores para lograr poder decir:”M´hijo el Doctor”. Otros, más apegados al campo, decidieron estudiar Agronomía y junto con los campesinos, comenzaron los pequeños cambios.
Los inmigrantes, que vinieron a “hacerse la América” en realidad contribuyeron a “hacer grande también la Argentina”, porque sus descendientes continuaron agregando cada vez más y más tecnología a los sistemas de producción agropecuaria e industrial.
Esto demuestra cuánto se ha avanzado desde que las cosechas se levantaban más con la ayuda de los propios brazos que con las máquinas de la época... La siembra directa argentina lo dice todo cuando se hacen comparaciones y trasciende la notable evolución y las sorpresas que traen nostalgias y alegrías.
Así fue la vida de los jóvenes inmigrantes de distintos países que lograron la ilusión de llegar a América y que se ha repetido en miles de familias argentinas.
Por Evito Tombetta / Marcos Juárez (Córdoba)
E-mail: eetombetta@coyspu.com.ar
MARIA Y GIUSEPPE

Pañuelos blancos se agitan al viento, la sirena del navío anuncia la partida. Apretujones, llantos, gritos de júbilo, nombres: ¡María, Giuseppe! ¡Te quiero Amor! ¡Hasta pronto, suerte, que Dios los bendiga!... y un sinfín de frases más; son el folklore en tierra: mientras que en la cubierta ocurre algo similar; los que se van, los que se quedan, solamente unidos por la pesada cadena y el humo del barco que ya zarpó, dejando una estela de agua salada y una bruma de humo negro.
Barco de inmigrantes: esperanza compartida, sueños de juventud, de refugiados, polizontes, escapados de la guerra; todos en busca de nuevas tierras, de una vida distinta. Los mayores sueñan con la Paz, los jóvenes con aventuras, los enamorados como María y Giuseppe, con la luna de cristal y las estrellas de oro.
El cielo y el mar se juntan en un punto indefinido, azul, inmensamente azul, que los ojos de los inmigrantes no ven, para ellos todo es color de tierra, marrones y verdes: naturaleza, playas cálidas, tierras fértiles para trabajar libres, para hacer “la América”. Sólo quieren escuchar el canto de las aves, nunca más, el estrépito de los cañones, las ametralladoras, cambiar la muerte, el horror, por una vida digna.
María y Giuseppe, sus sueños se cumplirán como los de muchos, en diferentes lugares, en libertad, en paz, solo así podrán ver la luna de cristal y las estrellas de oro.
Por Gerardo Stacchiotti / Villada (Santa Fe)
E-mail: gerastacchiotti@hotmail.com
INVERSIONES Y CAJAS DE SEGURIDAD

María bajó del barco crujiente. Sintió alivio. El viaje tortuoso la había agotado. El agua del puerto se veía negra, el puerto era gris y a pesar de su entusiasmo todo se obstinaba en presentarse ensombrecido.
Ya en el Hotel de Inmigrantes con su puerta enorme, que parecía tragar a todo el que pasara bajo su arco, los hicieron sentar frente a largas mesas de un color plomizo. Le sirvieron el producto de una ebullición verde. Lo bebió con desgano. Pensó que le daban el agua del hervor de la acelga. Después supo que era mate cocido.
Su marido, Bruto, no dijo nada hasta que carraspeó “Solo ce la miseria”
Pasaron años de angustia y lograron tener unos ahorros. Un día Bruto los gastó. Ante el asombro y la admiración de su familia y de los parroquianos, compró una maquinita para fabricar papel moneda. ¿A quien se le habría ocurrido semejante inversión? Lo único que se necesitaba era hacer girar dos rodillos y ver emerge los billetes.
A Bruto le había costado mucho, pero, la cosa valía la pena. Estaba satisfecho y se frotaba las manos alborozado. Habituado a la economía y a la mesura no quería abusar y la usaba de vez en cuando. En esa adquisición había gastado todos sus ahorros. Pensaba imprimir los billetes de a poco para recuperar el gasto. Decidió hacerlo en un día lluvioso. De pronto, comenzó a temblar, un sudor frío le corrió por la sien. Le pareció que no podía ser real y probó nuevamente. Lo hizo otra vez y varias más. Desesperado, vio que lo único que emergía era papel de diario.
Parte del sudor se frenó sobre sus cejas. No había reembolsado ni el 5 % de lo que había gastado en ese aparato y ahora... ya ni siquiera sacaba trozos de papel que al menos, podría utilizar para cualquier emergencia.
En cambio, Elvio guardaba lo suyo en una caja de betún. Con la alegría de un niño la sacudía y escuchaba el sonido estridente que producían las monedas. No se desprendía de su tesoro.
Un día, fue a arar el potrero. Puso la caja en el bolsillo y salió corriendo para hacer la tarea. Al final de la jornada desató los caballos y cansado, enloquecido por los mosquitos encendió una fogata a la que le agregó ramas verdes para que el humo protegiera a los animales de estos insectos.
Luego, fue a bañarse en la pileta donde bebían los equinos. Cuando se desabrochó el cinto tuvo un presentimiento. Palpó sus costados y notó que había perdido la caja de lata donde tenía depositado todo lo que ahorrado. Por mucho tiempo, cada vez que podía, recorría incansable los surcos buscando su tesoro perdido. Nunca agotó la esperanza y a menudo sus ojos febriles recorrían la campaña tratando de encontrarla. Toda la población se mofó de él.
El enigma de todos, se centraba en encontrar un espacio ingenioso para que nadie sustrajera el menguado caudal durante la hora de trabajo en el campo. Ana pensó que el mejor era debajo de la chata. Sugirió la idea a su marido y a éste le pareció plausible la ocurrencia. La pareja atornilló debajo de un travesaño una caja de lata de tabaco. Dentro de la misma guardaron la magra riqueza que constituía su enjuto patrimonio y la cerraron herméticamente asegurándola con un gancho que le anexaron. Así la pequeña fortuna anduvo recorriendo caminos, balanceándose entre profundas huellas, sintiendo pegotearse el barro cuando en alguna zanja se encajaba el carruaje.
Tiempo después, los billetes sintieron el aroma del alfalfa. Desde una pequeña rendija de la lata pudieron visualizar los colores esmaltados de las mariposas, de las campanillas azules entremezcladas con la de los nabos, las corolas celestes de la verdura amarga... Un día entre los días, en una explosión de alegría se abrió el recipiente y el dinero empujado por el viento salió a recorrer caminos.
Cuando ella regresó a la chacra y vio que la caja se había abierto. El cielo escupió las primeras gotas de una lluvia torrencial sobre su rostro. Un sudor frío le recorrió las entrañas. El viento comenzó a arreciar helado. Se resguardó debajo del alero y desde lejos volvió a ver que la caja, de un golpe había vomitado todos sus esfuerzos.
Por Hilda Augusta Schiavoni / Inriville (Córdoba, Argentina)
E-mail: joseschiavoni@hotmail.com
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