6 ene 2009

HISTORIA DE LOS INMIGRANTES


Me remitiré brevemente a la historia de Nicolás Milatich, quien fuese mi abuelo paterno y tuvo por esposa a Juana Makianich.
Nicolás nació en l871 en Svirce, Isla de Hvar, Croacia .
Entró al país el 9 de abril de l896, fecha de llegada a Buenos Aires.
El motivo de su partida fue la pobreza y dificultades con el cultivo de la vid, con bajo precio del vino y apertura de las fronteras con Italia, permitiendo que el producto italiano se comercializara en toda Europa a buen precio, logrando grandes ventas y rebajando el valor del vino croata.
Se estableció inicialmente en Los Molinos, Santa Fe, como peón de campo de una familia de su mismo apellido, permaneciendo uno o dos años en el lugar. El segundo trabajo lo logró en Carmen del Sauce; allí avisó a su prometida que viajara desde Europa y contrajeron matrimonio en el año 1900. Se dijo por relatos que aquella unión civil se efectuó al borde de un carro o chata, sobre cajones que hacían de escritorio.
El primer hijo nació en l901 cuando ya se habían trasladado a Fuentes. Fueron nueve en total; dos fallecidos. Eran seis mujeres y tres varones, el último nació en 1919.
Gracias al Señor Fuentes, quien les facilitó un crédito, adquirieron en 1903 un campo en Arequito. La compra la efectuó con su primo Makianich, quien había viajado en primera instancia desde Europa, acompañándolo allá por 1896.
Una anécdota interesante es la llegada a Arequito desde Fuentes. La primera parada la hicieron en el Hotel Botto, conduciendo una chata tiradas por bueyes, una yegua y una perra, la cual retornó inmediatamente al punto de salida, Fuentes. Toda una preocupación, así que alguien viajó al lugar para retornarla.
Eran 160 hectáreas, había espinillos, avestruces, vizcachas, mulitas; limpiaron, sacaron arbustos y así emparon. Construyeron un rancho de adobe, plantaron higos peras, aunque antes de esto, fueron eucaliptus -hoy existentes y ya centenarios-, también varias plantas de granadas, un árbol muy preciado por los croatas.
Debo aclarar que se los llamaba austriacos sin acento en la i, y por aquel entonces, había algo de discriminación, ya que había mayoría italiana y española.
El abuelo sabía hablar alemán por haber asistido a escuela del régimen austro húngaro y haber hecho su servicio militar bajo la dominación austríaca, manejando así el idioma. Por otra parte, conocía también algo de italiano.
La prosperidad y el gran esfuerzo realizado le permitieron la construcción en 1912 de una casona hoy existente.
Las cosas estaban bien en nuestra patria, razón por lo cual, con ahorros, viajó a Hvar, Croacia, a ver a sus padres, junto al Señor Destéfanis, quien vivía en Arequito y se dirigía a Italia. Era el año 1914.
Al cruzar la plaza de su pueblo Svirce, se encontró con sus padres, que montados en burro iban a misa. El los saludó diciéndole a su papá que era su hijo, ya que no lo reconocieron inmediatamente. Los padres bajaron del burro, lloraron y lo abrazaron. Habían pasado 18 años y su imagen había cambiado totalmente.
Es así que lo invitaron a subir al burro como gesto de atención y retornaron al hogar.
En verdad no sé cuánto tiempo estuvo con ellos, pero inmediatamente estalló la primera guerra mundial y él estaba en condiciones de prestar servicio militar, por lo que decidió volver a América. Antes de partir en su casa paterna, derribó una puerta, ya que sus padres querían retenerlo. Escapó con la mente puesta en su mujer e hijos que en Arequito lo esperaban.
Contaba mi padre que las balas le silbaban sobre su cabeza, ya cruzando la frontera le gritaron “alto tudesku” (creo que tal palabra significaba alemán) Se detuvo, habló en alemán, entregó monedas y continuó su huida, dejando monedas y comunicándose en dicho idioma hasta embarcarse. A fin de que nadie reparara en él, pidió ser fogonero en la embarcación junto a otros, manchándose el rostro con hollín a efectos de no ser reconocido y por el temor que experimentaba.
Fue así que llegó a Buenos Aires sin dinero y avisó que lo fueran a buscar.
A Arequito habían llegado anónimos y cartas que informaban que él había fallecido; esto lo recuerdo de los relatos de mi padre.
A Buenos Aires viajó su primo Makianich y su propio hijo mayor, que ya contaba 13 o 14 años. Cuando arribó a Arequito varios paisanos con un Breck viajaron desde el campo al pueblo y finalmente fue recibido con tremenda alegría.
Luego de muchos años, allá por 1947, se descompensó riendo sentado en un sillón. El corazón había claudicado. Días después, una noche de reyes, murió finalmente.
Nicola, como le decían, era una persona de gran fortaleza física. Esto lo decía mi padre y un paisano, Miguel Vidosevich, contaba que abrazaba las bordalezas de vino y las bajaba de la chata.
Se cuenta que cuando un peón fallecía y no disponía de dinero para el carruaje, él se ofrecía y lo trasladaba en el Breck.
Otra anécdota es la referida a un hombre fallecido que el sacerdote quiso bendecir sin que entrara en la parroquia, pero un imperativo de Nicola con voz firme, ordenó al religioso que hiciera entrar al muerto. La condición de pobreza a veces era motivo que esto sucediera, pero esa vez su intervención pudo más.
Hoy sus restos yacen junto a los de su esposa en el panteón familiar de nuestra localidad.

Por Fernando Jorge Milatich / Arequito (Santa Fe)
E-mail: fereslavo@hotmail.com

PALOMA, PERSONAJE DE NUESTRA CIUDAD


Héctor Orlando Ludueña comentó anécdotas de Hugo Vergara, conocido como Paloma o Palome, un verdadero personaje popular allá por los años de la década de 1970, que ha quedado en la memoria colectiva de los casildenses. Se refirió a pasajes del libro de su autoría llamado “Paloma, personaje de nuestra ciudad”. Vergara, ya fallecido, dejó un prolífico anecdotario. Era cantante, músico y ocurrente.

Por Héctor Orlando Ludueña / Casilda (Santa Fe)

REENCUENTROS EN GUERRA


Habían llegado al país con el comienzo del nuevo siglo. Llegaron justo para festejar los seis años del Luis y el reencuentro de la familia en las nuevas tierras. Años de sufrimientos y pesares llevaron a Don Tomás a tomar la difícil decisión de partir solo, dejando todo para hacerse la América. Tomó los últimos ahorros del abuelo Pascual y con un profundo dolor en el alma partió. ¿Qué había hecho mal? Se preguntaba una y otra vez. Dejó su mujer, sus hijos, su madre y su padre, la familia, los amigos, su cultura; en fin, la vida en su país. Pasaron hambre y muchas penurias antes de volver a tener noticias de don Tomás.
Casi un año después llegó la primera carta y algo de dinero que no mejoró mucho la situación de la familia, pero le devolvió la sonrisa a mamá. Después de esa primera carta no pasaron más de cinco o seis cartas más y llegó el dinero para que toda la familia pueda reunirse.
Cuando llegaron, don Tomás los fue a esperar a Buenos Aires. Para don Tomás y don Pascual fue el momento más feliz de la vida: el reencuentro. Estaban tristes por dejar su pueblo y contentos de encontrar un futuro que ya no tenían. El Luis, no sabía leer ni escribir, sólo hablaba uno de los tantos dialectos que se hablan en su país de origen. Acá aprendió a hablar el castellano y a escribirlo, creció entre nosotros, tuvo amigos, trabajó y aprendió a querer estas tierras como si fueran suya, al pueblo y a la gente. Aprendió a tomar mate y a vestirse de gaucho, a enlazar y a montar en pelo. Pasaron años buenos, años malos; de mucha lluvia y de seca; muy fríos o muy calurosos. Pasó un poco de todo, pero lo más importante es que siempre la familia permaneció unida. Habían encontrado una nueva vida. Con mucho trabajo y sacrificio lograron empezar de nuevo.
Don Tomás decía que sus mejores recuerdos eran de acá, y el Luis decía que todos sus recuerdos eran de acá. No tenía recuerdos del lugar donde nació. Tal vez si tenía uno, el mal recuerdo de la cara de preocupación de sus mayores cuando no tenían nada para comer o la cara de tristeza de la nona el día que el padre partió.
Comenzaba el año catorce. En ese año el Luis cumplía sus primeros veinte años y catorce en Arequito. Los europeos comenzaron a preocuparse por lo que pasaba allá lejos y, desgraciadamente, los peores miedos se confirmaron. En junio de mil novecientos catorce llegó la tan temida guerra. Todos los inmigrantes no hablaban de otra cosa, leían las noticias que llegaban en diarios o comentaban las de los parientes. Casi todos querían ir a la guerra, desde el hablar cotidiano estaban con su país. A pesar de las cosas que tienen en común, los croatas y los serbios se miraban peor que nunca. Algunos argentinos pidieron que no traigan los problemas de allá a acá, pero cada uno en el fondo tenía su sentir nacionalista. A algunos hijos de inmigrantes los llamaron para volver a pelear por el país, ése mismo que años antes los había echado.
Con la guerra en Europa, al país le llegó la crisis. Ese año la navidad no iba a ser una gran fiesta, la situación se puso dura y pronto empezó a faltar trabajo.
Una calurosa mañana de enero llegó la carta fatal a la casa de don Tomás. El país pedía que el Luis se incorpore al ejército del Rey. La abuela y la mamá lloraron una semana sin parar. El abuelo Pascual y papá Tomás no lo dudaron, la familia no podía dejar de ayudar a la patria. Todos los amigos quedamos aterrados, sin entender demasiado que pasaba, porque el Luis se iba a la guerra.
Entre llantos y tristeza comenzaron los preparativos del viaje del Luis. El grupo de amigos empezó una colecta para juntar unos mangos para que su viaje no sea tan duro. El abuelo le regaló una gran valija de cuero, herencia de su padre. Don Tomás le regaló un reloj de bolsillo. Los amigos del padre hicieron un gran asado y juntaron más plata.
El itinerario era simple. Salida de la estación del pueblo hasta Rosario, ahí los del consulado le daban el pasaje a Retiro, y en Buenos Aires la gente de la embajada lo llevaba hasta la fragata que lo conducía a Europa. Dieciséis días de viaje de ultramar para llegar a puerto, y de ahí, al cuartel donde se tenía que presentar.
Todo el pueblo lo fue a despedir, cientos de personas se reunieron en la estación, familiares, amigos y muchos curiosos. El momento en que llegó el tren fue muy triste; las mujeres lloraban y los hombres lo saludaban por su coraje; una niña lloró sola en un rincón y los amigos temíamos no volverlo a ver. Muchos teníamos algún familiar que contaba historias de guerra y esas historias no eran buenas, como las del vasco Andrés en Marruecos o las guerras Carlistas. A la hora exacta el Luis subió al tren, miró a la gente, saludó con timidez y entró al vagón. El grito de las mujeres tapó el silbato del tren. Luego, hubo un silencio aterrador y cuando el tren comenzó a moverse los hombres comenzaron a aplaudir. Todos saltaron a las vías y saludaron al tren que se alejaba. Nadie se movió hasta que desapareció en el horizonte, solo se veían ojos llorosos y caras tristes.
Estar tan lejos y no poder escapar a las obligaciones con el país..., si no iba, nunca más podría volver a su país. Además, la vergüenza para los viejos, la familia, los compatriotas. Todos los hombres de la familia habían ido a la guerra.
El tren partió al mediodía. Cuando la familia llegó a la chacra casi no comieron, se reunieron de la misma manera que lo hacemos luego de un entierro, todos en silencio. Al atardecer todos los amigos fuimos a hacer compañía a la familia del Luis. Estábamos todos muy tristes. Don Tomás miró a su padre y le dijo: “Debe estar llegando al puerto”. Y escuchamos la voz del Luis que dijo entrando a la casa: “¡No, estoy llegando a casa! Desde que salió el tren, me puse a pensar en esta tierra, la familia, mis amigos, la Rosita, y me dije, esto no es para mí. Ya no recuerdo el idioma, yo soy de acá. Cuando llegamos a Casilda no lo dudé. Agarré mis cosas y bajé. A las cinco de la tarde tomé el tren que venía para acá y al llegar a la estación me vine caminando despacio. Todo el viaje estuve pensando en qué les iba a decir y no se me ocurrió nada. Solo que soy de acá”.
Don Tomás quiso enojarse pero don Pascual se adelantó y dijo: “¡Bienvenido hijo mío!” A esa altura la abuela y la mamá del Luis destaparon un par de botellas de sidra y empezó la fiesta. Tomamos hasta la madrugada. La mamá de Luis dijo: “Mañana, devolveremos los regalos y la plata para el viaje”.

Por Juan Alberto Larrambebere / Arequito (Santa Fe)
E-mail: juanchil@hotmail.com

HISTORIA DE MI ABUELO MATERNO


(El texto será cargado próximamente).

Por Susana Giuliano / Arequito (Santa Fe)

HISTORIA DE UNA FAMILIA DE INMIGRANTES ESPAÑOLES


Silverio Tascón y su esposa María Martínez Cañón, son los dos últimos inmigrantes españoles que hay en mi barrio.
Hace 50 años “LOS TASCON”, como lo llamábamos con afecto, vivían en una casa grande, frente a la mía. Ellos, que ¡eran tantos!... con su alegre presencia, sus voces y sus relatos fueron alimentando mi imaginación juvenil sobre otros espacios, otras culturas: su pintoresca España. Me fascinaba escuchar a María describir cómo se desplazaban de pueblo en pueblo caminando: “Todo queda tan cerquita” - decía- ante mi mirada de asombro.
Tal vez durante estos años, muchos en mi pueblo, al igual que yo, se habrán preguntado: ¿Por qué esta familia de españoles se radicó en San José de la Esquina? En búsqueda de respuesta me acerco a Silverio y María, quienes entre risas y lágrimas, narran su historia como inmigrantes.
“Corría 1946 cuando llegué a la Argentina -dice Silverio- tenía sólo 15 años de edad. Tomé esa decisión junto a mis primos: José, de 16 años y Marcelino, de 17 años; ante la mala situación económica familiar y escasas perspectivas para mejorar. Vivíamos en Cubilla de Arbas. En la provincia de León, al norte de España, nuestras familias criaban ovejas, nosotros nos desempeñábamos como pastores. Para progresar había que estudiar, no teníamos recursos, una salida era el Seminario; si bien era gratuito, esa opción no nos interesó. Fue así que aceptamos la invitación de nuestros tíos que vivían en San José de la Esquina. Con el pasaje pagado por ellos nos embarcamos en el barco “Cabo de la Buena Esperanza” de la Compañía Ibarra. Fue una larga travesía, casi un mes: 17 días en alta mar, el resto tocando puertos, sitios a los que no pudimos descender porque éramos menores de edad. Agua y cielo, nostalgia y esperanzas se nos mezclaron durante el viaje. Atrás, quedaban España, mis padres Antonio y María y mis hermanos: el mayor, Cipriano; los menores, Dorotea y Teodosio. Adelante, en Argentina, nuestros tíos paternos ¿Qué sabíamos acerca de ellos? Que Cándido y su familia vivían en la zona rural, que de los nueve hermanos que residían en España, él fue el primero en emigrar a la Argentina, después lo siguieron Dionisio y Nemesio. Todos se radicaron en Villa Mugueta y después en Pavón Arriba. Los dos últimos como empleados de comercio. Fue un viajante el que los motivó a trasladarse a San José de la Esquina, les comentó que ahí había un negocio grande de ramos generales perteneciente a la firma cerealista “Martínez Raymonda”, que el pueblo era muy lindo y además, era el más importante de la zona. De esta manera llegaron, en 1935, los hermanos Tascón a San José de la Esquina: Cándido se ubicó en el campo; Dionisio y Nemesio, en el negocio de ramos generales, en calidad de empleados.
Así, inmersos entre añoranzas y expectativas -continúa Silverio- llegué al puerto de Buenos Aires. Ahí, otra fuerte vivencia nos esperaba a los tres adolescentes: nos detuvieron en la aduana durante dos días por ser menores de edad; por suerte, nos fue a buscar el tío Dionisio e iniciamos el camino a nuestro nuevo destino. Nuestros ojos no descansaban, mirábamos los horizontes y nos preguntábamos ¿Cómo tan amplio? ¿Cómo tan llano? ¿Y las montañas? De a poco fuimos comprendiendo que el paisaje era muy diferente al de la provincia de León, en España.
Cuando nos instalamos, comenzamos a trabajar: Marcelino, en el comercio de ramos generales; José y yo, en la tienda. Este rubro, ya estaba separado. En 1940, Juan Raymonda, construyó un local de líneas modernas, similar a sus pares de la ciudad, destinado exclusivamente a tienda y se lo alquiló a mis tíos. Hoy, yo soy el propietario. Recuerdo que mi primer año fue muy difícil, extrañaba, quería regresar, luego me acostumbré y me hice de amigos. En 1947, pasamos a ser nueve en la casa; llegaron nuestro tío Manuel Tascón, su esposa Felicita y sus hijos Etelvino de 8 años y Eufrasio de 9 años. En 1948, vino mi hermano Cipriano.
Con gran emoción en 1958 fui a visitar a mi familia, aún vivía mi abuelo Manuel. Reglamentariamente podía permanecer 4 meses, si me excedía me convocaban para hacer el servicio militar, pedí un mes más, y al final me quedé 9 meses, nadie me molestó. Durante ese tiempo compartí con los míos haciendo labores de campo, disfruté realizando todo lo que el destino me truncó a los 15 años. Durante esa estadía, en un baile popular, conocí a María, mi esposa. Cuando regresé a la Argentina la relación se alimentó mediante cartas. El 4 de julio de 1959 nos casamos por poder y el 18 de enero de 1960 ella llegó a estas tierras. Ese día fue muy emotivo: cuando la fui a buscar a Ezeiza me dijeron que no estaba en la lista, ante mi insistencia un funcionario me acompañó hasta el avión y cuando llegué a la escalera ella comenzaba a descender. La falta de registro fue porque María subió a último momento, una fuerte tormenta de nieve la despidió.
En 1962, mi tío Nemesio se fue casi un año de visita a España, allá conoció a Evangelina LLamazares, se casaron. Ella dejó a su madre, hermanos, sobrino, su cargo de secretaria en el Ayuntamiento. Vino con la promesa de regresar pero debió esperar 20 años para visitar a su familia. Con el tiempo, la casa grande quedó vacía, unos buscando otros sitios y otros fallecieron, y nosotros en otra casa.
Con María formamos nuestra propia familia; dos hijas: Mónica y María Aurora y tres nietos: Bianca y Joaquín Marchegiani y Francisco Tayana”. ”Yo me adapté enseguida -acota María- me gustó este lugar, en 1964 nos fuimos a vivir dos años a Rosario y como extrañábamos regresamos a San José de la Esquina. En 1985, tuve la suerte de visitar a mi familia, al año siguiente falleció mi papá. Con mi esposo, regresé nuevamente en 1992 y en 2004. Allá nos quedan la familia de mis tres hermanos y los dos hermanos menores de Silverio. Mi cuñada Dorotea Tascón nos visitó en el 2006. Hoy por los avances tecnológicos tenemos con nuestra familia de España una fluida comunicación directa: Internet, acorta las distancias”.
Considero que por su actividad comercial y cultural, mis vecinos Silverio y María son dignos referentes del aporte inmigratorio español en nuestro pueblo. Ellos, junto a sus familiares Tascón y otros inmigrantes españoles, nos han dado la alegría de gozar en nuestro pueblo de importantes romerías españolas, de contar con una institución epicentro de actividades recreativas, culturales y educativas: la Sociedad Española de Socorros Mutuos. En los últimos años, ofrecen a la comunidad la tradicional “paella”, recreando la patria de origen a través de su música, sus bailes y sus aromas.

Por Ana María Felchero / San José de la Esquina (Santa Fe)
E-mail: anamafelchero@hotmail.com

MI ABUELO RAFAEL... EL INMIGRANTE


En algunos momentos, vuelven con nostalgia los recuerdos de mi infancia transcurrida en la chacra de mis padres.
Me veo con mis cinco años comenzando a comprender los sucesos diarios con la percepción de quien recién comienza a vislumbrar la vida y para quien cualquier momento es algo nuevo, que despierta viva curiosidad.
No tuve la suerte de conocer a todos mis abuelos, ya que para cuando nací, ellos ya habían fallecido.
Solamente mis abuelos maternos, Carmen y Rafael, que tenían su chacra muy cerca de la nuestra, eran los que me mimaban con paciencia y amor, que es el atributo más tierno de todos ellos para con sus nietos.
En mi mente los veo claramente, como si ahora estuvieran delante mío: la abuela alta y delgada, con su vestido largo hasta los tobillos y su pañuelo atado en la cabeza; el abuelo Rafael, encorvado, con su andar lento, que lo hacía aparecer más viejo de lo que en realidad era.
Ella, hija de españoles, con su carácter fuerte y decidido, con un refrán a flor de labios para cada ocasión. Él, italiano de la Campania, descendiente de generaciones de agricultores, siempre atento a las labores de su chacra.
Cuando mis padres iban a Gödeken, el pueblo más cercano, para comprar las provisiones necesarias, mis dos hermanitas y yo éramos sus acompañantes y como había que pasar frente a su chacra, ir a saludarlos era algo infaltable.
Después de afectuosas manifestaciones y saludos de rigor, nosotros los niños pasábamos a ser el interés principal de la visita. Besos, cariños, interesarse por todo lo que habíamos hecho de nuevo desde la última visita eran todo uno, al mismo tiempo que la abuela Carmen admiraba nuestros atuendos de paseo y no se cansaba de expresar que no dudaba de que éramos el más bello tesoro del universo.
Prontamente, como para afirmar lo dicho, traía su perfumero y con unos diestros toques, quedábamos envueltos en un aroma, que aún hoy no olvido; atributo feliz de las mentes jóvenes, que pueden atesorar esos recuerdos, que son imborrables.
Al regresar, pasábamos de nuevo y nos quedábamos hasta después de cenar; en tanto que mis padres comentaban e intercambiaban con ellos opiniones sobre sucesos y novedades de su quehacer en las tareas del campo, nosotros los niños, salíamos a investigar por el patio, admirando todo lo nuevo que encontrábamos y encantados con los perritos, corderitos y demás habitantes de los corrales cercanos.
En el transcurso de la cena, en el comedor con su larga mesa y sus infaltables bancos, los niños no interveníamos en las conversaciones de los mayores, aunque yo prestaba atención, y hoy, pasados 70 años, comprendo cabalmente lo que expresaban y a través de ello y lo que más adelante alcancé a conocer, es que puedo hacer un bosquejo acertado de sus vivencias en una tierra extranjera, tan distinta a su Europa natal.
El inmigrante tenía que trabajar muy duro y en condiciones casi siempre precarias. Una vez instalado en cualquier colonia, el estado lo dejaba a merced de los colonizadores. Los arrendamientos leoninos, las plagas como la langosta, la isoca, la sequía, las tormentas con vientos que levantaban por el aire los techos de sus casas de barro y paja, no les daban tregua y como colofón, el gran afán de lucro de muchas casas de ramos generales, que eran los proveedores de las colonias, cuando no lo eran los propios colonizadores.
Las leyes de inmigración eran muy liberales, pero su aplicación en la práctica era algo totalmente distinto y muy penoso para el inmigrante. Muchos hablaban de engaño vil teniendo en cuenta las promesas y la propaganda que realizaban los agentes de inmigración en sus empobrecidas aldeas de allende el mar.
Solamente quedaba el consuelo que se brindaban entre paisanos, muchas veces parientes lejanos entre sí, tratando de recrear en esta tierra tan distinta, las costumbres de sus “paesellos”.
Si mi abuelo Rafael sentía añoranza por su tierra y sus raíces, no la dejaba notar. Comprendía que sus descendientes ya estaban afianzados en este país y que su regreso quedaba trunco para siempre.
Cuando sus viejos amigos se reunían en su casa, para conversar y cantar las canciones que habían escuchado en sus aldeas, desde que eran niños, quizá todos descargaban en ellas, con la ayuda del “bicchiere di vino amábile” la nostalgia que sin duda atenazaba sus pensamientos. Ya no se volvería al “paese”.
A sesenta años de tu partida, tu nieto conserva vívido tu recuerdo. El amor que supiste darme de niño fue más fuerte que la muerte y así hoy, vives en mi evocación.
“Bravo Nonnino, tu sei esempio di vita”.

Por Luis Rubén Casaccia López / Firmat (Santa Fe)
E-mail: casaccia@casacciaimpresos.com.ar

ANDANZAS DE UN EMIGRANTE


Introducción del profesor Federico Antoniassi:

Cada uno de nosotros construye en su cabeza una idea del inmigrante, arma tipologías de acuerdo a las propias vivencias, para después clasificar las experiencias de tantos hombres en el tiempo, imagina travesías y reconstruye a partir de ellas las sendas de muchas historias individuales, familiares, colectivas. La mayoría de las veces se piensa en muelles, en barcos, en despedidas, en el Atlántico de ciento treinta años atrás y en los tantos que dejaron Europa desde ese entonces hacia acá. Hay, sin embargo, otras imágenes que nos ayudan a entender al que migra; sin irnos tan lejos, a veces sin la necesidad de cruzar los mares y desafiar las fronteras, aparecen historias de hombres que tal vez con dificultad puedan ser definidos como inmigrantes, en nuestro sentido tradicional del término, pero que han sido verdaderos emigrantes: el movimiento, el péndulo que recorre la vida de pueblo en pueblo, del campo a la ciudad o viceversa, nos trae el relato de esos otros transeúntes que al igual que el inmigrante de los grandes viajes oceánicos, siembran un poco de su vida en cada nuevo abordaje, en cada destino que se deja, en cada senda nueva que emprende. Aquí va una de esas historias.

Texto de Carlos Bleynat:

Todo comenzó con la llegada de la cigüeña (sí por que en esos años todavía existía la cigüeña). Fue en la ciudad de los recuerdos de mis padres y abuelos. Ciudad imaginaria porque cuando la conocí en realidad, era casi imposible ubicar los lugares y personas que ellos describieron. Después llegó el viaje a un pequeño pueblo, lugar de juegos infantiles de los cuales conservo sólo imágenes dispersas y rostros casi desdibujados. El paso siguiente transcurrió en el campo, en una escuela rural que realmente era una escuela de vida. Mis compañeros, muchos de los cuales estaban aprendiendo trabajosamente a hablar el castellano, se encontraban en una etapa de transición entre la inocencia y la madurez, pues nuestros juegos tenían la pureza de la niñez no contaminada, pero ellos sabían que pocos años después serían familias independientes con hijos desarrollándose. Por suerte cincuenta años después los encontré tan transparentes y felices como podía esperarse.
De allí pasamos a una comunidad de “atrás de la vía”, con campitos de fútbol y permanente competencia no exenta de peleas a “trompadas limpias”. Allí resultó muy dificultoso ubicarme, y si bien quedaron las relaciones con algunas amigas y amigos entrañables, la experiencia no fue para nada agradable. El siguiente ambiente fue el “del centro”, y la escuela secundaria. Aparecieron los pantalones largos, los primeros deslumbramientos femeninos, y los primeros e inolvidables amigos, compinches de todos los descubrimientos de la adolescencia. Terminado el secundario hubo que partir a la gran ciudad para seguir estudiando. Era la década del 60 y los jóvenes íbamos a transformar el mundo.- La actividad formativa, no sólo en el aspecto profesional, era muy intensa y profunda.- Quienes compartieron estos años fueron fundamentales, pero terminada esta etapa se dispersaron, y hoy son recuerdos imborrables que lamentablemente no pueden estar presentes en la vida cotidiana.
Finalmente llegó el noviazgo en serio, el trabajo, la familia, los hijos y después los nietos. Todo ello constituye un capítulo tan esencial que merecerá un tratamiento particular en otro momento. Esto implicó la radicación en una pequeña ciudad donde, entre momentos felices y otros de sinsabores, la vida comenzó a tener un punto geográfico de referencia. Estable pero parcial en cuanto a toda la trayectoria vital.
Llegada la etapa de la madurez, y de mirar el presente con la perspectiva del pasado, se va perfilando una pregunta: ¿Cuál es mi barrio? Hubo tantos que pueden ser todos, o tal vez ninguno. Sin embargo no puede existir experiencia humana sin raíces, y es necesario reflexionar con mayor profundidad para encontrar una respuesta.
Y a medida que van desfilando recuerdos y cuestionamientos, va apareciendo con claridad una idea atrapante: ¡Mi barrio es mi gente! ¿Pero quiénes son mi gente?: A esta altura se comienzan a valorar todos los intereses que siempre estuvieron presentes en nuestro interior y que fueron postergados por las urgencias cotidianas. Y casi imperceptiblemente nos vamos encontrando con quienes comparten con nosotros vocaciones, amor por las mismas cosas, y agrado por parecidas formas de vivir esas experiencias. Van llegando con historias muy distintas, desde lugares muy diversos, a partir de actividades muy diferentes, pero sin que lo pensemos demasiado comenzamos a pronunciar una palabra identificatoria: nosotros. Con toda la frescura de la edad juvenil, y toda la serenidad de nuestros actuales años, creemos haber podido concluir algo que ahora parece tan simple: ¡¡¡Esa gente es definitivamente la que constituye mi Barrio!!!

Por Carlos Bleynat / Firmat (Santa Fe)
E-mail: ahrfirmat@hotmail.com